sábado, 18 de enero de 2020

Chapter 27: Ahora lo entiendo / I finally understand it

Ahora lo entiendo.
No era a mí a quien le gustaban aquellas cosas.
No era a mí a quien le gustaban las puestas de sol y el mar.
Ni los deportes. Ni la política.
Ni las noches de fiesta.
Ni el sol hasta hartarnos.
Era a ti.

Aquella no era yo, y tú lo sabías.

Ya no pasa nada. Pero vaya. Darse cuenta un día de que aquella no era yo. Vaya.

viernes, 16 de agosto de 2019

Chapter 26. Mono no aware


Ya sé lo que voy a tatuarme.

Mono no aware.

Miguel eres la belleza que dura un ratito. Arte. Que está, pero que nunca será mío y nunca podré llevármelo a ningún lugar conmigo más que en mis recuerdos.
Eres bello. Siento algo por ti similar a cuando observo, sigilosa y tímida, una gran obra de arte que seguirá allí tras mi muerte. Este sentimiento similar al amor seguirá aquí entre nosotros cuando me vaya, cuando te vayas.
Guardaría cada uno de los momentos bellos que hemos pasado juntos colgados en una pared. Tu sonrisa. La forma que tienes de hablarme. Tus miradas, todas las miradas. Tu expresión mientras duermes.
Pero nos separó la vida. Porque yo no entendía lo que era esto entre nosotros. Era único, pero era algo que no es para cada día. No es para la vida. No es rutina. No es ritmo para la felicidad.
Es ser especies diferentes y tocarnos. Y sentir que aún siendo especies distintas somos distintos iguales.

Eres bello. Y nuestro amor es bello. Siempre lo será. Y ahora me da por pensar que no debo equivocarme queriendo hacer de nuestro amor algo que no es. Un amor donde los dos somos bellos por un rato. Un ratito, nos sublimamos. Somos puro placer. Pura carrera. Puro juego. Pura pasión. Pero un ratito porque la vida es una rutina lenta que no todo el mundo puede aguantar en compañía.


miércoles, 19 de junio de 2019

Voy a vomitar nuestra historia hasta que desaparezcas ó Just Get Out


Hacía más o menos una semana que se había enterado de la peor de las formas -por casualidad- de que su ex le estaba poniendo unos cuernos de campeonato con una de sus mejores amigas. De ella.

Ana era una de esas personas que crees tu alma gemela. Alma siempre la llamaba para todo, para contarle penas y alegrías. Parecía ser una de esas mujeres profundas que te tocan el corazón con las palabras y que te entienden.
Sí. Con cada copa. Con cada café. Con cada paseo a lo largo de esos quince años. Alma había desnudado su yo más secreto a esa mujer.
Y... ahora. El dolor más intenso se clavaba en su estómago al leer esos correos electrónicos cargados de frases que le escribía a su novia y que ella ni siquiera era capaz de imaginar.
Asco.
Rabia.
Asco de nuevo.

El amor se va derritiendo lentamente de su cuerpo para dejar al descubierto a un ser diferente. Más parecido a un monstruo de piel rugosa, agrietada, rojo intenso. Suda. Y huele. Con cada palabra y cada frase se convierte en una herida abierta. Supura.

Por un momento se le pasa esto por la cabeza - Si cierro los mails todo volverá a ser como antes. Puedo fingir que no los he leído, que no existen. Puedo borrar esta historia de mi mente y, simplemente, hacer como si nada hubiese pasado- . Y durante un rato, se sienta en el suelo delante de la puerta abierta donde Alicia duerme plácidamente. La observa. - ¿En serio has podido hacerme esto?- . Sí. Ha podido. Y no solo ha podido sino que, por el tono de los correos, ha disfrutado.

En su cabeza se repite la frase:

"Se lo diremos a Alma después de las vacaciones, antes no, le romperíamos el corazón y las dos la queremos."

Las dos me queréis. Las dos me habéis tocado. Las dos me habéis visto llorar. Y me habéis besado. Y a las dos os he abierto mi corazón. Y, ahora, siento como si hubieseis estado planeando cuánta limosna me daríais para que tampoco fuese un dolor tan grande perderos.

Por que en estas historias se pierde. Siempre se pierde. Siempre hay alguien que pierde.

martes, 28 de mayo de 2019

Desapareces estando aquí y vuelvo a creer en los fantasmas

Hace tiempo que has desaparecido. Pareces no estar. Caminas lento y pausado por la casa sin mirar alrededor. Abres y cierras puertas. Enciendes luces. Haces ruidos estridentes que rompen el silencio de golpe. A veces toses. Estornudas. Se te cae una cuchara. Y yo me doy cuenta de que sí. De que estás. De que vivimos juntos.

Hace tiempo que ya no hablo de casi nada. Porque cada vez que hablo acabamos a gritos. Y eso es porque no te veo. No sé con quién estoy hablando, porque la persona que eras ya no está. En su lugar, hay un ser desconocido y oscuro. Un ser malhumorado. Un ser indescriptible. Como si tu proceso de putrefacción hubiese empezado sin yo darme cuenta. Dicen que a las personas que irradian luz las mueve el amor. Y tú, que cada día estás más oscuro, pareces alimentarte de odio. Odio hacia ti mismo y hacia todo lo que te rodea. El odio parece ser tu única conexión con el exterior. Y no deja crecer nada a tu alrededor.

Pensaba que lo tenía controlado y pensaba que podría ayudarte, de algún modo. Acercándome a ti y escuchando lo que tenías que decir, por muy malo que fuese. Pero desde hace un tiempo acercarme a ti es imposible. La lengua ya no nos une, como antes. Porque me he dado cuenta de que tu oscuridad va más allá de cualquier lengua. Y yo siempre he confiado en las palabras, y si no en tus ojos. Pero es que tu mirada ya no me habla. Has construido un muro y te has afincado tras él. Y no hay forma de comunicarse, así.

Entonces. ¿Qué hago con todo ese ruido que me rodea? ¿Qué hago? Porque es como si un fantasma se hubiese apoderado de la casa. No está, pero está en todos los lados. Y yo estoy y no estoy en ninguno.

Y, por supuesto, ese nosotros que un día fuimos se ha muerto de falta de luz, y de amor, y de cariño, y de empeño y de deseo.

Pensaba que podría ayudarte, y me estoy enfermando.


miércoles, 13 de marzo de 2019

Chapter 25: people & things / Capítulo 25: personas & cosas

Siempre me han interesado las personas. Cómo las personas piensan y se comportan. Cómo llegan a determinadas conclusiones.
Observar.
Tú observas las cosas y yo a las personas.

Y nos parece tan natural que no entendemos como el otro lo ve distinto.

O soy yo la que está empeñada en que lo veamos igual.

Puede.

Época de crisis.

Quiero estar con una mujer pero no quiero estar con esa mujer. No quiero una mujer. Ni quiero un hombre. Pero no es querer sino sentir y necesitar.

Estoy en la encrucijada entre la mente y el cuerpo. Y es la vida la que me pone entre la espada y la pared.

Eligiendo una cosa u otra  mi vida cambia.

Eligiéndolo a él mi vida cambia.

Y eso él no lo entiende porque solo entiende las cosas.

Para mi es incomprensible.

¿Cómo puede ser que entienda el funcionamiento de un coche y no pueda entenderme a mí?

Él dirá:

Un coche es un coche. Y tú no paras de cambiar de opinión.

Claro, soy una persona. Pero mi maquinaria es siempre la misma.

Personas, cosas y langostas. Peterson. Gracias a Peterson he aprendido porque estamos interesados en cosas distintas. Macho y hembra. Langostas. Nos comportamos como lo que somos, un hombre y una mujer.

Si todo fuese fácil sería como lo estoy diciendo ahora mismo, ni más ni menos, pero no lo es.

Yo no me siento una langosta. Al menos no mentalmente.

Aunque podría llorar si alguien cogiese a esa langosta y quisiese engullirla en caldereta.

Entiendo ahora por qué para Pablo es tan absurdo ser pansexual. No lo entiende.

Yo, que tengo tantas hormonas y ya no sé ni siquiera cuáles me representan, sí lo entiendo. Pero mi cuerpo no. ¿Qué hago?


miércoles, 9 de enero de 2019

Chapter 24: Silly moments/ Capítulo 24: Tonterías

Cuando Pablo entró en mi vida todo se llenó de tonterías. De silly moments. De tú no entiendes esto y yo no entiendo aquello.

Podíamos pasear. Podíamos tomar el sol. Podíamos oler, calmados, el jazmín que empezaba a florecer en nuestra terraza.

Pero preferíamos "disfrutar" de nuestras tonterías.

Podíamos mirarnos y tocarnos la piel. Y disfrutar del sexo por sexo o del sexo con amor. O de, simplemente, el placer de tener una piel que tocar que no fuese la nuestra.

Podíamos mantener una animada conversación, o no.

Pero nada era suficiente para aguantar el tedio de la vida.

Parecíamos mirarnos y cansarnos. Inmediatamente.

Entonces recordé. Yo no quería escribir esta historia.



Chapter 22: the praise/ Capítulo 22: la lloança

Hay pocas cosas con tanta fuerza como cuando ves una imagen. Cambiar de lugar y ver diferente es como cambiarse de ojos por la mañana y ser distinto. Y descubres cosas. No solo sobre ti, sino también sobre los otros y sobre las acciones y sobre las decisiones que debes o no tomar.

No es una pequeña cosa mirar alrededor.

Para mirar alrededor hace falta valentía y paciencia. Y determinación. Y tener las piernas poco entumecidas y el cerebro poco cansado.

- Cada vez que le veo la mirada triste me dan ganas de correr muy lejos. Muy lejos. De largarme a otro lugar. A uno donde haya remedios para las miradas tristes de los seres queridos. - se lo cuenta a su amiga. Su amiga la mira con ojos abiertos y perdidos entre la gente que pasa incensante dispuesta a hacer colas quilométricas para visitar el Templo de la Sagrada Familia.
- No le digas nada. Sé cariñosa con él pero no le digas nada. Así no le ayudarás. . Mastica un pequeño croissant integral con chocolate negro en las puntas. Unas migas quedan estacionadas en la comisura de sus labios. Y allí se quedan hasta que decide volver a abrir la boca. Entonces caen al suelo, ligeras y delicadas.
- Sé que es la mejor opción. Pero me cuesta. El silencio me cuesta. No hablar de lo que cada uno siente. ¿Cómo puede ser tan complicado hablar de uno mismo? ¿Cómo puede ser tan complicado hablar con la persona con la que has elegido vivir y a la que has elegido amar?
- Lo estás haciendo muy complicado. Él no quiere hablar. Él tiene su tiempo.
- ¿Y si su tiempo resulta ser infinito? ¿Y si no se le pasa nunca?
- Lo estás haciendo todo demasiado catastrofista. Así no arreglas nada. Solo te preocupas tú. Y, de paso, si empiezas a hablarle, le preocupas más también a él.
- Sí, tienes razón.

Sí. Le da la razón. Pero en sus ojos se dibuja la tristeza. Hay un juicio grande a sí misma. Se siente culpable. ¿Acaso es mala? ¿Aspira a demasiado? A poder ayudarle. Solo eso.

Chapter 24: ARTIFICIO: recuperar el pasado y volverlo presente porque el tiempo no existe

ARTIFICIERAS...: instrucciones
Aquí todo empezará por el final. Justo en la Z. la letra última, que puede ser la primera en cuanto gires la cabeza a un lado y tu compañero de mesa en la universidad o en la oficina se llame Zacarías o Záfrasa. Entonces, y solo entonces, sabrás con certeza que todo ha acabado. y te resignarás a caminar para saber el comienzo, como comenzó lo que acaba. Una no quiere leer desde el no principio. Pero, a veces, no hay alternativa. Por ejemplo, hoy, ya, no hay alternativa. Esto no es el principio, es el revés de esa palabra. ¿Sabrás? ¿Sí? ¿Sabrás?


Esto lo escribí hace mucho años, en 2007 y, sin embargo, es tan cercano a mí como mi último aliento, que ni siquiera he pensado. 

Es mi forma de escribir, que es un aliento, que es un parpadeo. Es instinto e inercia. No puedo pensar mientras escribo y siempre que he querido hacer eso la he cagado. De una forma ridícula y sublime. Queriendo no ser Yo. 

Podía haberme casado con un enano. 

Eso hubiese sido perfecto. Porque no estoy hecha para la perfección sino para mirar sin mirar. Para ver con el alma. Me tapo los ojos, respiro, sigo las marcas olfativas. Encuentro lo que encuentro. No me puedo quejar porque no lo elijo yo, sino la naturaleza, el destino. Y me intentan convencer de que controlo y no es cierto. Yo no controlo nada y por eso quiero explosionar y destruir lo que la naturaleza me manda. 

¿Por qué no me mandan algo afín a mí? ¿Por qué tus pistas son tan engañosas? La vida no me deja señales claras que seguir y unos y otros me aconsejan cosas muy distintas. ¿De quién debo fiarme?

Del soñador o del realista. Acaso solo me quede realismo para dar con la respuesta que busco y luego todo termine. Como cuando le encontré. Que fui construyendo la historia de cómo había llegado hasta él. Que pregunté a la luna una noche, y le pedí por favor muchas cosas como si tuviese en sus manos todas las respuestas a todo lo que me rondaba la mente. Lo pedí educadamente y con respeto y sucedió. 
Vamos a hacer una cosa, un trato. 
Voy a mantenerte aquí contándote una historia. Te voy a contar un cuento para que no te vayas, como llevas haciendo todos estos meses. Ese será el capítulo 25. 

martes, 27 de marzo de 2018

Chapter 23: the transmutation / Capítulo 23: la transmutación

La transmutación duele.
Transformarse en la bestia no es agradable para nadie. Y no es que la bestia sea algo nuevo. La bestia siempre ha estado ahí.
Y, la bestia, también posee mirada noble, y también sufre.
Cuando te conocí, nos transformamos en lobos. En una pareja de lobos que miraban en la misma dirección.
Corríamos. Intentábamos adelantar a la vida, que te engulle.
Intentaba no poner mis patas entre tus patas. Y, así, no nos caíamos. No tropezábamos.

Tu velocidad me daba velocidad. Me hacía querer correr más y más rápido. Y, de repente, hacíamos un alto en el camino para mordernos las orejas y jugar.
Jugábamos a ser cachorros. Saltábamos en los descansos. Nos lamíamos. Te quería. Te amaba. Amaba tus garras y amaba los pelitos que te crecían entre los deditos de las patas.
Y escuchaba tu perfecto aullido tumbada entre la hierba, en paz.
Éramos dos. Los dos, y la vida. Las bestias que éramos en el pasado se habían adormecido levemente. Y nacían de nosotros criaturas desconocidas y torpes. Que intentaban vivir desde la inocencia y el amor.

La decisión de darme fue una decisión grande. Darme a ti. Confiar otra vez. En que la bestia desaparecería y mi vida sería dulce. Y estaría ordenada.
Y no habría mordeduras, arañazos, golpes, sangre ni daño alguno. Estaba segura entre tu pelaje.

Me di. Inicié la carrera contigo. Decidí que podía volver a dormir acompañada. Que no me importaba compartir de nuevo los espacios. Ni las palabras ni lo silencios. Las decisiones. Que otra vez podía proponer planes y tener sueños.

Empecé a ilusionarme. Empecé a pensar que una vida juntos era más vida. Y me calmé. Estábamos juntos y la carrera ya no me dolería tanto en las patas. Porque la ilusión es como una droga. Es como una anestesia contra el dolor y los contratiempos, las pequeñas piedrecitas que te vas clavando en el camino se quedan en nada. Las sacudes y punto.

Cada vez que la vida te pone un contratiempo, es cansado, duele, pero lo superas. Es la vida.
Pero darte a alguien. Confiar en que quieres hacer equipo con esa persona. Contigo. Confiarte mi bienestar y empezar a ver que nos poníamos la zancadilla a propósito porque estábamos acostumbrados a correr solos, y ocupábamos demasiado. Eso sí fue una sorpresa.

Una sorpresa que inicia la dolorosa transmutación.

Una vez hayamos acabado esta transmutación, será muy complicado volver a vernos como miembros de la misma manada. Lo sé.

Seremos bestias. Con sed de sangre. Las bestias vagan solas, entre gritos. Porque su existencia está ligada a la herida y al dolor.

Ya nos hemos traicionado. Y ahora vagamos solos. Cada día un poco más incomprensibles. Sin ganas de expresarnos. Con la mirada perdida y los ojos llenos de rabia.

Ya no tengo ganas de correr. Camino cansada y me escondo entre los matojos para ver si saltando encima de otras presas el odio de la traición se hace más pequeño. Pero no sucede.

martes, 20 de marzo de 2018

Chapter 21: Welcome to the meridian / Capítulo 21: Bienvenida al meridiano

Transitar.
Conocer.
Hablar demasiado.
Sentir poco.

Tiene sus consecuencias.

Cuando pretendes transformar el amor en otra cosa. Tiene sus consecuencias.

Y todos pretendemos transformar el amor en otras cosas.

Y nuestras pretensiones son tan grandes como nuestro Ego.

Por eso estamos Aquí y Ahora.

Y por eso casi no entendía nada, hasta que abrí los ojos. Respiré. Y me vi despierta en el mundo. Y contigo. Y conmigo.

Éramos lo más importante.

Pero hay una misión más grande. Que lo trasciende todo. Que hace brillar nuestro cuerpo. Una misión que solo entenderemos al cruzar esta línea, que parece un cristal infranqueable de ideas. Opiniones. Gritos. Sonrisas. Gemidos.

Hay formas que van cambiando y somos como la plastilina.

Te miro a los ojos, algún que otro día, y me conformo con no entender nada. Tengo la mente llena de vida, y me conformo con no entender la tuya en la mía. Y ese gesto de amor se queda en nada en cuanto me tocas y comprendo que eres la comodidad del hogar. El olor a bizcocho. El lugar donde volver cuando hace frío. La mantita de ositos de color azul que arrastrabas de pequeño allá donde fueses. El café. El café que te hacía tu madre los días de exámenes importantes. El bocadillo del almuerzo en papel de plata que llevabas al colegio. Ese bocadillo siempre estaba listo, siempre. Sin pedir ni nada.

Eres los ojos que pretendo encontrarme cuando estoy confusa o perdida. Confío en tu mirada sabia y tranquila de perro leal.

Pareces un perro pero eres el lobo. Y eso es algo que no puede evitarse. Cuando cruce la línea te veré del todo. Quedará lo que eres al descubierto, sin arquetipo posible. Sin juicio. Sin estudio. Sin palabras.

Serás tú. Y serás conmigo. Porque nunca hubo otra salida sino la que teníamos ante los ojos.

Saber mirar es el arte del sabio. Y si te quedas en silencio, si sigues a tus pies sin pensarlo, acabarás donde todo empezó.

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Mía en el Meridiano
Mía sabe que la rutina es la magia de la vida. 

Así que se dispone a empezar. A pesar de que su cerebro arde como una lavadora a la que se la quedado el programa atascado y no puede parar. Centrifuga una y otra vez las ideas, las situaciones y las decisiones. Y al final todo se convierte en una amalgama de ropa mojada que no tiene tiempo de tender adecuadamente. 

Su madre la enseñó a poner la lavadora y a tender la ropa. 

María, su madre es bajita, 160 centímetros. Su mirada es dulce y sus manos pequeñitas y regordetas. Pero son manos de madre. Que agarran, que arropan, que acogen. Acarician. Su madre es una caricia que se extiende aquí y allá. Es La Madre. 

Mía la observa, pequeñitas las dos. No tiene otra cosa que hacer. Ha acabado de pintar y los niños en la calle juegan a cosas que se le hacen incomprensibles, aburridas, huecas. Prefiere estar allí, en la terraza con su madre con diez años. Aprendiendo a poner la lavadora y a tender la ropa. Dos actividades que le serán muy útiles en el futuro. Su madre le habla muy dulce. La música de su padre sube desde el piso de abajo. Las dos tienen esa música en la cabeza todo el tiempo. El ritmo del Padre. Y las palabras dulces de la Madre.

- ¿Quieres poner tú la ropa en la lavadora?- pregunta con calidez su madre. 
- No. - No quiere. ¿Debería querer?
- También es tu ropa. 
- ¿Por qué no suben papá o Carlos a hacer las lavadoras? ¿Por qué siempre subes tú?
- Porque papá trabaja todo el día y está cansado. Yo estoy todo el día en casa y no me importa hacerlo. Es como mi trabajo. 
- Pero a papá le pagan por su trabajo, y a ti no. ¿Por qué?
- Porque ser ama de casa no se paga. Se hace por amor. 

Mía, pensativa, no acaba de entender. Entiende algo, que, posiblemente, no quiera perfilar del todo en su mente de niña. De niña. Aún de niña. 

- Vale, mami. Pongo yo la ropa en la lavadora. Te ayudo. 

Y, dulce. Coge las prendas de ropa, hasta los calcetines - odia los calcetines sucios- y los mete con el cariño y la dedicación que su madre le enseña en la lavadora. 

Chapter 20: Las historias son como niños / The stories are like children (en proceso)



Sigues caminando, como si la historia estuviese aún en el nudo. Para los que no lo sepáis, las historias siempre suelen estar formadas de tres partes, y las tres son fundamentales:

1. INTRODUCCIÓN
2. NUDO
3. DESENLACE

Cualquier cambio o desorden en los componentes de una historia altera el producto final. Aunque no nos demos cuenta, no nos queramos dar cuenta o no lo parezca en un principio.

Tengo que hacer otra importante anotación sobre las historias antes de seguir hablando con Mía, el personaje femenino principal de esta historia.

Esa importante anotación es que las historias tienden a querer desordenarse, porque son como niños. No entienden porque una parte va detrás de otra parte y cada vez que intentas ordenarlas les da la risa y se rebelan. Te engañan, solo para estar desordenadas y que ningún lector llegue nunca a entenderlas. Si les preguntas, te dirán que es porque quieren que el lector se esfuerce, se haga preguntas y lea atentamente. A veces, las historias son muy egocéntricas y quieren que las leas varias veces, por lo que odian que las entiendas a la primera.

Esta historia engaña de continuo.

No quiere que sepas a dónde se dirige.

Pone trampitas.

Nosotros (los que escribimos) creemos en las historias. Es lo que tenemos todo el día en la mente y parece que es lo que nos da de comer. Imaginamos escenas y le cogimos cariño a personajes que deambulan por nuestra mente. Nos enamoramos de ellos. Los odiamos. A veces esos personajes se parecen tanto a nosotros que no los soportamos y dejamos las historias a medias solo porque nos asquea no saber hacer algo mejor que crear algo similar a nosotros.

Eso es lo que me ha pasado con Mía. Que le tengo cariño, pero es estúpida y siempre se equivoca en las mismas cosas.
Y así es como paso de acompañar los relatos de ilustraciones de Conrad Roset a algo más naïf, más ñoño, más romántico... ilustraciones del surcoreano Hyocheon Jeong.
Entonces, solo con el acompañamiento de esta imagen, la historia se reconvierte.
Ayer, al inicio de la escritura, era una historia desordenada. Y ahora es como un perrito que mueve la cola porque ha querido creer en un final feliz.

Chapter 19: amor por capítulos

Él y ella se quieren por capítulos, por etapas, por fases, por capas.
Su historia siempre ha sido así.
Como la de los dinosaurios. Como la de los animales. Como la de las plantas. Hay que nacer, crecer, reproducirse y extinguirse. Y nadie quiere desaparecer. Pero es la siguiente etapa.

Parecen la misma cosa pero nunca son la misma cosa.

Entre el parecer y el ser.

De esos verbos se alimentan las raíces de la historia.


sábado, 30 de septiembre de 2017

Capítulo 18: Sensibilidad · Chapter 16: Sensibility

Los ojos de él se clavaban en los suyos. Había estado toda la cena conteniéndose. Pablo hablaba de temas de trabajo y Mía de la última película que se le había ocurrido ver en Netflix. Los dos iban a un ritmo pausado. Como si les siguiesen de cerca los pasos otras palabras. Como si lo que estaban diciendo no tuviese nada que ver con lo que querían decir. Más tarde, una hora más tarde, Mía aprendería que en boca cerrada no entran moscas, como decía su abuela. Y que más vale el disimulado silencio de las palabras para llenar el aire que arrepentirse de haber querido hablar de ciertas cosas.

Capítulo 16. Los puentes en la vida diaria

Tras cruzar la puerta de entrada parecía que la vida se había detenido. Y habría jurado que eran más o menos las doce. Al abrir se encontró a su gato que venía displicente a saludarla, como siempre. Su cuerpo peludo pasaba una y otra vez entre sus piernas y maullaba, maullaba con aquel maullido de cómo te echo de menos que solo emitía cuando cambiaba de horarios. Ella también le había echado de menos. Todas las luces estaban apagadas. Reinaba en la casa el silencio. Vivía con él desde hacía unos meses. Pocos a decir verdad. Y a pesar de que habían intentado acercarse de algún modo hay cosas que no pueden cambiarse, aunque los dos pongan de su parte. Si cerraba los ojos, podía hacer una lista de las cosas buenas, las cosas que les acercaban, y las cosas que les alejaban. Que más que cosas eran actitudes, costumbres, hábitos, formas. Les quedaba el lenguaje. Y el cuerpo. Y era lo que utilizaban. El lenguaje. Palabras. El cuerpo. Deseo. Las dos cuerdas que les mantenían atados el uno al otro, y que tejían puentes entre los dos. El problema era cuando el puente estaba hecho. Y ella, ilusionada, se disponía a cruzarlo. Cogía carrerilla, porque la ilusión no es amiga de la lentitud. Siempre va rápida y con los ojos vendados. Es un poco ciega. Y a veces falta de razonamiento, sí. Pero es eso, ilusión. Y ella caminaba por aquel puente construido entre los dos para cruzar del uno al otro. Salía de ella y se dirigía a él. Y, entonces, abría la puerta de casa. Esa casa de los dos. Parece una tontería, pero en una casa caben varias vidas. Y son compartidas. Step 1. Abro la puerta de casa. Y me apetece verle. Y soy feliz porque me apetece verle y tender una liana. Tender una liana es preguntar cómo te ha ido el día. Y es que el otro escuche cómo te ha ido. Así se construye una cuerda que refuerza el puente que pasa de ti a mi y al revés. Es incomprensible que alguien quiera estar con otro sin tener la intención de tirar la liana. Sin tener la intención de cruzar el puente.

miércoles, 22 de junio de 2016

Capítulo 15: Desconéctame · Chapter 15: Turn me off

El pitido del microondas devuelve a la joven a la realidad. Aquella que cada día nos llama la atención rozando con el dedo índice nuestro hombro delicadamente. Está nerviosa. Su historia de amor es hermosa, pero no da de comer a la vida.

La vida le pide más. Y más.

Y ella, tan hermosa, solo pide un segundo en ese sueño. Un segundo para creer que solo de amor podrá vivir los próximos veinticinco años.

Que no necesita triunfar. Ni necesita leer. Ni escribir. Ni bailar. Ni siquiera interactuar con otros semejantes.

Solo necesita llegar a casa y verla para volver a confiar. En que hoy podrá dormirse y mañana podrá levantarse. Cualquier cosa que se interponga entre nosotras será destruida. No hay nada más que hablar, se dice a sí misma. Abre el micro y enciende la luz. La taza de agua hirviendo libera un vapor parecido a la cortina de humo de los magos en el escenario. Se le empañan las gafas y , durante un segundo, no ve nada más que una realidad inconclusa. Le gustaría hacerse una bola {como los bichos bola} y rodar, rodar muy lejos. Donde nadie pudiese juzgar lo que siente. Donde nadie pudiese recordarle que su vida no es más su vida sino la de otra persona. Rodar hasta hacerse tanto daño que no pudiese sentir la pena que se da. El entelado de las gafas desaparece. Y la vida vuelve. Abre el armario de las infusiones que ya no es el armario de las infusiones. Hace unos meses que es el armario de las cosas que no nos sirven. A ella no le gustan las infusiones, las infusiones son para la pareja agua con sabor desagradable. La pareja gusta de bebidas con alcohol o de café con leche entera. Las infusiones no sirven para nada. Así que se guardan en el armario de lo inservible. Abre la caja del Yogi Tea. Abre una de las bolsitas del té relajante que compró la semana pasada y lee con sumo cuidado, como si fuese la lectura del futuro de sí misma, el mensaje: "Love without trust is like a river without water". Repite la frase en su cabeza una, dos, tres veces. Cuatro. Cinco. Mierda de Yogi Tea. Mierda de frases estúpidas. Mierda de vida. Sumerge la bolsita en el agua y espera. Cinco minutos. Deja la taza apoyada en el banco que sirve de mesa en el comedor, humeante. Y abre la puerta para acceder al pequeño balcón que da a la Diagonal. Justo delante, en un banco de la avenida, un chico y una chica jóvenes se dan el lote sin ningún tipo de decoro. Ella lleva un mono tejano de color azul, el pantalón deja al descubierto parte de las nalgas que están en contacto con el pantalón de deporte de él. Los labios no se han separado en los dos minutos que lleva observándoles. Empieza a pensar si serán expertos en apnea o algo parecido. ¿Puede que solo sea deseo lo que les hace no poder soltarse el uno al otro? Deseo es lo que pensaba que tenía ella por la desconocida que vive y duerme y come bajo su techo. Juraría que era deseo. Deseo era aquella noche cuando se susurarraron cosas al oído y empezaron a mirarse de forma menos sencilla de lo que es habitual. Añadiendo preguntas a la mirada. Y haciendo que los dedos de las manos atrajesen el nuevo cuerpo que les ofrecía la vida. Deseo fue abrir mucho la boca para esperar que el objeto de deseo quisiese entrar en ella de alguna forma. Y, sin cerrar los ojos, ver cómo empezaban a unirse las lenguas en un baile del que nadie tiene la certeza del fin. No es una canción. No es tiempo. No es nada. Es el tiempo que tú decidas quedarte en mi. Sin preguntas. Cualquier pregunta en ese momento es categóricamente rechazada. Cualquier pregunta es molesta y torpe. Como las manos en piel ajena. Aquella mujer, sin duda, había despertado su deseo, en algún momento. Y al revés. Recordaba vagamente las noches contra la pared de las discotecas de ambiente de moda en Barcelona. Las manos de las dos atropellándose de arriba a abajo del ser. El pelo emmarañado y la respiración entrecortada. Y recordaba ese espacio de las NoPalabras. El espacio donde todas las palabras sobran y el cerebro solo descansa de ser tan humano. De razonar. De pensar. De ser. Ese espacio asalvajado era su espacio. El espacio de ella y el de los jóvenes del banco. Ese espacio es el amor. Donde todo el mundo devora o es devorado sin piedad. Sin negociación. Ese es el trust más grande del amor. Tu mano en la mía. Tus labios en mis labios. Tus dientes contra mis dientes. Y yú y yo decidimos confiarnos. Confiar en que el amor hará que no nos hagamos daño. Que no podamos mordernos. Ni hacernos sangre. Confiar en que abrazarme y tirarme contra la pared son casi el mismo movimiento. Es amor. Y las pupilas crecen. Y los ojos se vuelven profundos. Me atas las manos con palabras y me gusta. Las adecuadas. No las palabras superfluas que se darán más tarde cuando tú no me entiendas nada y yo te entienda bastante poco. Y seamos, en vez dos animales que se desean, se persiguen y se cazan; dos loros mirándose de frente. Contorsionando el cuello para poder ver un poco de lo que saben que nunca podrán ver del todo. Yo ahora solo te miro con un ojo. El otro ojo desconfía. El otro ojo pertenece ya a otro lugar del que ni yo sé aún el nombre. Recupera la visión poco a poco y eso duele. Duele como quemarse pero al revés, haciendo el camino contrario. Recuperar(me) es como perder(me). Dejo a los niños del banco (cada vez son más pequeños en mi) y vuelvo a la taza de Yogi Tea. Ya no humea. Está fría. Voy a bebérmela, claro que sí. Porque no está bueno pero es lo que tengo que hacer para dormir mejor. Y esto me desconectará, de lo que no debo pensar. Hago un ruego. A Dios, supongo. Pero no creo en Dios. Hago un ruego, ¿a mi misma entonces? ¿Al Universo que no sé ni qué es ni dónde está exactamente? Soy un Pequeño Nada entre este Pequeño Todo. Hago un ruego: "Desconéctame". Para que pueda vivir y olvidarme de esta intuición de mierda que me amarga la vida. "Desconéctame". Para no sentirme más miserable. Para no sentir que me quieren tan poco como nunca me había imaginado. Y "Desconéctame" para que yo no quiera sentir tanto. Para que olvide, por fin, que un día fui suya pero que ya no quiero. Que no quiero. Que no. Poco a poco bebo. Y poco a poco se me cierran los ojos. El gato se acerca suavememente y me roza las piernas. Pronto, me descubro estirada en el sofá de polipiel color crema del comedor sin tapar siquiera. Con la taza en el suelo de parqué y el té desparramado. Ella duerme, en la habitación de al lado de paredes de papel y con la puerta abierta. Ella duerme, yo también duermo. Pero no dormimos. "Desconéctame porque si no los ríos ya no existirán en mi y todo se volverá oscuro". Y "Desconéctame" para que aguante que nadie va a venir a buscarme más que el gato, que duerme plácido a mi lado, y yo misma". Cierra los ojos de nuevo. Abraza al felino con más fuerza de la que es habitual. Cierra los ojos y descansa. Pronto será de día y ya has hecho un ruego. Level 0 superado.

sábado, 18 de junio de 2016

Capítulo 14: Nudos marineros · Chapter 14: Sailor knots

Intentamos contar con las palabras. Nuestra historia es una historia de palabras. Es a partir de que le oigo hablar que mis sentidos se disparan. Si tuviera orejas de zorra estarían muy rectas, atentas, casi temblando de los sonidos que registran. El sonido de tu voz despierta mis sentidos. Activa una parte de mi cerebro que creía olvidada. Vuelvo a la historia. Siempre me voy de la historia para hablar de nuestra historia. Vuelvo. Donde lo dejé. Justo en donde Pablo le decía a Mía que siempre tenía que poner a prueba el deseo. Buscarle. Encontrarle. Quedar. Ir a un bar. Que sus cuerpos volviesen a encontrarse... era poner a prueba el deseo. Mía estaba acostumbrada a muchas cosas. Pero había echado tanto de menos la voz de Pablo que cuando volvió a escucharla fue como una voz que venía de uno de sus sueños. De los que hacía tiempo que esa voz salía. Acariciándola. Sus sueños de los últimos meses siempre fueron los mismos. Ella permanecía desnuda, estirada en la cama. Unas manos, que reconocía de hombre por lo grandes, por lo enormes, le abrían las piernas. Sin prisa pero sin pausa. Sentía una respiración entrecortada. Más entrecortada cuanto más abría sus piernas. Mía hacía un poco de fuerza. Por cerrarlas. El desconocido la incomodaba. Su mirada era penetrante, parecía querer follarla con los ojos. Pero cuando ponía un poco de presión esas manos la paraban. Eran un stop gigan - Shhhhhh...- era un sonido conocido. Es increíble lo que las onomatopeyas pueden llegar a decirle a nuestro cerebro, a nuestro cuerpo. Son tremendamente prácticas, el gran avance comunicativo. Si no te funciona con palabras, prueba con onomatopeyas. Te sorprenderás. Ese sonido siempre había tenido en Mía un efecto sedante. Sus miembros se aflojaban sin ella poder evitarlo. La voz parecía conocer esa información. - Shhhhh...- Guau. Sus miembros no solo aflojaban, sino que se movían dejando el paso mucho más fácil, quitando trabajo al desconocido. Y ella no se había dado cuenta, pero respiraba dificultosamente. Casi no podía respirar. Tantas eran las ansias, tantas eran las ganas que su cuerpo tenía de conocer la identidad del desconocido. Se levantaba mojada. Como si acabase de tener un orgasmo. Aún podía sentir las contracciones. Y juraría poder haber adivinado la identidad del hombre del sueño. Era Pablo. Pero nunca se mostró. Ni dio señales de vida en su inconsciente. Fue a partir de ahí. De esos sueños repetitivos. Una y otra noche. [...] Sobre todo las noches de más frío en las que Lidia permanecía alejada, en el borde la cama, con tres capas de pijama puesto... Y se abría un abismo entre ellas. Era un abismo profundo. Ya no se podía saltar sin matarse. Ninguna de las dos quería la muerte, así que no hacían el movimiento de saltar.. por si acaso se caían. Mía sabía que si seguía así un día u otro alguien moriría. Una sabe cuándo muere en alguien. Es la sensación del abismo, pero en otro. Es ver que ya no queda nada por lo que saltar. Que todo son miedos y otras historias. Que los sentidos se cierran categóricamente a la información del otro. Molesta. Es un ruido molesto en la cotidianidad sombría. Las cosas se acaban. Pero otras cosas están ya asomando la patita. Son lobitos con piel de cordero. Que intentan colarse en nuestras dulces y cotidianas rutinas para destrozarlo todo, engullir, desmoronar, babear. Comer. Comernos. Sí. Cazarnos. Sí. porque ¿si hemos decidido ser presas de algo por qué no sentir de verdad ser presas? Y así se acaba la hipocresía en nosotros, definitivamente. Y así obtenemos la radiografía. De nosotros. No la fotografía, que es lo real. Lo cotidiano. Lo que las personas que nos conocen quieren revisar en nuestro Facebook. La radiografía. Lo que queda al descubierto si decidimos dejarnos ver.

Capítulo 13: El momento del sexo · Chapter 13: Sexual time

Mía permanece. A pesar de que ya lleva muchos golpes. A pesar de que todo el amor que la rodea quiere que caiga. Permanece. Se ha hecho más fuerte, estos días. Ha labrado la tierra, ya diremos más adelante dónde, ha hablado lo suficiente y ha leído y escrito algunas cosas. Ha recuperado música de la adolescencia. Ha dormido abrazada a un peluche grande. Ha hablado con sus padres y hermanos. ha recibido muchos besos, mucha comida, mucho cuidado. No de la dama. De los que al final la han querido. Esas semanas, el laberinto se ha hecho más grande. Y la factura de teléfono intentando negociar el drama de la ruptura han engordado. El bosque se hizo espeso, cuando fue a parar allí. Fue un bosque oscuro. era casi la muerte. La muerte esperando a que ella subiese en la barca, pagase la penitencia, cruzar el río. Al cruzar el río, poner un pie desnudo en la tierra mojada. Luego el otro. Más tarde respirar. Nunca mirar atrás. Es lo único que no se puede hacer cuando se elige la muerte. - ¿Pero elegir la muerte, por qué?- las palabra del Sr. psicólogo la han despertado. Ha tenido que volver a la ciudad para asistir a la consulta y su mente aún está un poco más allí que aquí. Lo escucha como algo lejano. - Elegir la espesura. El bosque oscuro. No exactamente la muerte. Pero todo el mundo sabe que las personas elegimos por donde andar porque elegimos un final para nosotros. - Puede que hayas vuelto demasiado introvertida. ¿Puedes explicarte? - No me apetece explicarme. Pero lo haré si me lo pide. No sé si lo haré muy bien. Probemos. Elijo el camino al que me llevo. No puedo elegir otro distinto. Lo elijo porque me conviene. Porque determinada fauna es la que busco. Porque determinado ruido es mi ruido. Todo eso me conviene. No buscamos lo que no nos conviene. Aunque lo que escojamos sea feo, asqueroso. Aunque sepamos que nos llenamos de suciedad, que está lleno de insectos que se pegan a la piel. - No podemos seguir hablando así, you know? - No, no lo entiendo. Su cara empieza a enrojecer. Está realmente enfadada.¿Su incapacidad es suya o es del idiota de su interlocutor? Joder. Empieza a pensar muy deprisa. Dibuja una espiral de ideas. Las palabras se vuelven juegos de palabras. Las frases no tienen principio y fin e, intercaladas, hay palabras que no entiende cercanas al castellano medieval de Poema de Mío Cid.

Capítulo 12 : La carrera · Chapter 12: The race

Un día seré más rápida que tú. A pesar del cansancio de los años. A pesar de que en la carrera que hice para cazarte me cansé demasiado. A pesar de que estoy agotada. Corro a tu ritmo. Y tú corres al mío. Es una carrera equitativa. De repente. Nos miramos. Uno al lado del otro. Los dos feroces. Podríamos abrir mucho la boca y enseñar los dientes. Podríamos saltar uno encima del otro, hacernos una bola. Tú tan grande como eres, y yo tan pequeña. Pero tan salvajes. Podríamos retarnos. Y gruñirnos. Y explotar. Pero eso ya ha pasado. Ha pasado que te adelanté, que me adelantaste. Que fuimos depredadores. Que fuimos presas. Ha pasado el no tener aliento para cazarte lo suficiente, y dejarte ir. Y ver cómo te escapas de mis fauces. Ver como te alejas, en la distancia. Verte el trasero y despedirme. Ha pasado también que me escapé. Que tú me tuviste que observar a los lejos y rendirte. Y tuviste que volver a la vida con uno de mis mechones entre los dientes. He corrido lo más rápido que he podido en esta historia. En todas las direcciones posibles. He variado de escenario. A veces he corrido por bosques espesos llenos de plantas de nombres impronunciables. A veces he corrido por el infinito y monocromo desierto. A veces por lugares pequeños, que acababan en un vidrio que no podía romper. Y contra el que aplastaba el morro queriendo traspasarlo. Pero he seguido corriendo. Y he seguido persiguiéndote. Y llegó un momento que no sabía por qué te perseguía. Si porque al final de la historia querría matarte o lamerte. Imaginaba que si te mataba sería con todas mis fuerzas. Y que si te lamía sería con todas mis fuerzas. Imaginaba que podían pasar las dos cosas. Que en mi mente era una asesina. Una asesina que no dejaba de querer perseguirte. La relación entre un cazador y su presa es una de las relaciones que más me obsesionaron. Cacé, lo suficiente. Pero en mi mente, la presa ideal estaba lejos. Y, a veces, se transformaba en una bestia que sabía que podía matarme. El cazador cazado. La cazadora cazada. Game over. Pero no. Ahora, me encuentro a tu altura. Con todo el camino por delante. Te observo. Voy dejando que me adelantes con tu pelo de lobo mientras intentó dar dos saltos más con mis patas de zorra. Somos casi de la misma especie. Puedo sentirlo. Los dos corremos muy rápido, y con todas nuestras fuerzas. Los dos encontramos difícil dejar de correr tras algo. Quizás, en ocasiones, ocurrió adormecerse. Hibernar. Comer mucho para descansar más tarde. Recuperar fuerzas. Ser otro al despertar. Con la misma apariencia pero con el cuerpo recompuesto del todo. Level 1. Te miro fijamente. No deseo hacer más que eso. Por ahora la carrera es continua. Y en cualquier momento cualquiera de los dos puede decidir saltar. Arrancarnos el cuello. Puedes matarme. Saltar en mi yugular. Clavarme los colmillos hasta el fondo. Sentir mi muerte en tu morro de cánido. Será una muerte cálida que recompensará el esfuerzo de la caza. Pero no será suficiente. Y lo sabemos. Lo sabes. Lo sé. No paramos de cazarnos. Es agotador. No paro de querer cazarte. Nos desacompasamos. A veces yo estoy demasiado cansada. A veces tú estás demasiado cansado. A veces dejamos de mirarnos. Hacemos otras cosas. Tenemos otras vidas. Amamos diferente. Pero si vuelvo a mirarte no podré más que perseguirte. Seguirte. Adelantarme para que me sigas. Disimular. Hacer que no te veo. Y volver a la carga. Volvamos a la carga. Que no he dejado de perseguir tu rastro. Era demasiado intenso y estaba en casi todas las cosas. El gran grito no pudo con él. No podemos huir de lo que nos conforma. No podemos huir de nuestra especie. Ni de los que son como nosotros. Los que son como nosotros a veces son enemigos, amigos, amantes, familiares. No podemos huir de eso. Eres como yo. De mi clan. Me miro en tus ojos y sé que siempre podremos correr más rápido aunque estemos cansados. Confío en tu fuerza y sé que mi fuerza es más fuerte contigo. Sale de algún lugar. Y sé que solo con verme correr podrías tirar de un carro, si fuese necesario, porque sería por algo que va más allá de las cosas que he ido aprendiendo sin ti. Sería más que solo vivir. Contigo, siempre, es supervivir.

Capítulo 11: Peligroso · Chapter 11: Dangerous

Todo entraña peligro. El bosque. La mirada. La ola que choca en la orilla para desaparecer. Todo entraña peligro. El paso que das para estar más cerca de algo que no sabes lo que es. Pero es algo más que lo que tienes. Algo más grande que donde te encuentras. Al salir del bar todo entrañaba peligro. Besar de nuevo. Acariciar de nuevo. Dejar que los besos y las caricias mimasen el pensamiento. Y pensar de nuevo. Cada paso que daba con aquellos tacones meticulosamente estudiados para la ocasión. Cada paso que daba con aquel vestido meticulosamente escogido para el encuentro. Cada vez que se tocaba el pelo, lo peinaba, lo despeinaba, lo enredaba como diciendo "esto es lo que soy capaz de hacer"... era peligroso. En aquel momento, el momento de la vida patas arriba porque tiene que estar patas arriba. Porque cualquier animal que se cae del nido queda magullado y patas arriba. Porque es una gata pero se ha hecho daño. Existe el dolor. No siempre se cae desde una distancia conocida. A veces las distancias son muy largas para lo que un cuerpo aguanta. Y la caída muy torpe. Y el movimiento poco conocido. El cuerpo se aplasta contra la superficie, y se rompe alguna cosa. No hablamos de huesos. Ni de heridas que puedan verse. Hablamos del dolor que no hace sangre. Que no hace herida que se ve. Que nadie puede curar con yodo, con agua oxigenada, con alcohol. Con una tirita. Del dolor que el médico no ve. La rotura que no tiene por remedio la escayola, ni se ve en la radiografía. - No tiene usted nada roto, señorita. la radiografía está bien. - - Pues no puedo mover casi nada. ¿Cómo se explica? No esperes. No tengo la respuesta a esa pregunta.

Capítulo 10: La necesidad de la tristeza · Chapter 10: Sad is necesary

Vuelta a la manta blanca después de la historia. La historia solo es a ratos. La historia de Pablo y ella. Es una historia bonita y llena de etapas que se van descubriendo lentamente. Una historia que ha resistido el tiempo en la mirada, en los labios. Cuando le besó, fue como si no hubiese pasado el tiempo pero hubiesen pasado tantas cosas. Era un beso suave, como tantas veces había buscado en las bocas ajenas. Sus historias habían tenido un sentido. Su vida había tenido un sentido. Había amado. Pero aquella conexión era irremediable. Y para ella tenía un valor más allá de muchas cosas. Ahora. Otra vez debajo de la manta. No sabía dónde meterse. De nuevo allí. Ahora que había salido. Se volvia a encontrar chocando continuamente con el sueño de ser otra. La que hubiese querido ser desde niña cuando todavía quedan sueños. Cuando aún no sabes lo que eres. ¿Quién eres? Ahora nadie. Vas metiendo la vida en las cajas. Y te das cuenta de que esa vida que estás empaquetando ni siquiera es la tuya. Que esa vida es la vida de otra persona. Que esa persona no quiere nada de esa vida. Solo la quieres tú. Por eso la estás empaquetando. Pero fuera de esas cajas. NI estás empaquetando tus cosas ni sabes quién eres. De vez en cuando sí encuentras algo que es tuyo entre todas esas cosas. Pero lo poco que encuentras no te sirve. Aún no es tuyo del todo. La dedicación al ser amado te ha llevado a la no dedicación a ti misma. Te dicen tantas cosas. Y piensas tantas cosas. Y todas son la cosa correcta. Buscas ayudas. No puedes gritar. No puedes llorar tanto como quisieras. No puedes amar. Ni desear. NI desear lo suficiente. Eso es lo malo. No puedes desear lo suficiente. Y seguramente no puedas ser normal lo suficiente. No puedas llegar a ser tú lo suficiente. Mirabas a la gente y pensabas: les echo de menos. Les echo tanto de menos. Escuchabas conversaciones ajenas. Echabas de menos a los amigos. Las noches en grupo. Reír sin parar. Pasarlo bien. C