sábado, 24 de enero de 2026

Chapter 2/Capítulo 2: La brecha

Tengo ganas de hablar de muchas cosas.
Los objetos lo gritan cuando me despierto. Que hable, que hable de las cosas que sé de mí misma.

Tengo ganas de contarme porque siento que no estoy siendo fiel a mí misma.
Gran parte de mi tiempo lo he dedicado a sufrir e intentar hacer felices a personas que no querían que yo fuese feliz.

Y ser feliz es lo único que quiero ser.

(es urgente)

(Quiero contarme pero ya estoy agotada de explicarme)

Explotar.
Reír.
Disfrutar.

¿Por qué no llego a alcanzar ese estado por mucho tiempo?

Le miro a veces. De reojo y de frente.
Desde que somos padres han cambiado muchas cosas.
Tampoco entiendo muy bien por qué, aunque sepa que es un proceso natural.

Me vienen a la cabeza parejas felices con la paternidad.
Que acogen desde el principio al nuevo bebé sin estrés, rezuman amor por todos lados.
Y se quieren más por haber multiplicado ese amor, de algún modo.
Ese bebé es el resultado de todas las risas, de las miradas, las caricias, los bailes, las cenas, los paseos, los viajes.
¿Cómo no ser feliz?

Me ha costado mucho aceptar que nosotros hemos hecho un camino distinto en este viaje.
Es como si hubiese una brecha ahora.
A un lado de la brecha él, con todos sus miedos.
Al otro lado yo, con toda la esperanza.

(¿Será una desincronización vital? ¿Tiene eso arreglo?)

Y lucho.
Lucho por estrechar la brecha y solo hace que crecer.
Él no parece entenderlo.
Serán las hormonas.
Quizás mis hormonas me han dibujado un camino que él desconoce.
Y camina a tientas.
Y se refugia en las rutinas antiguas, que ya no sirven.
Porque ya no somos los que éramos.

Me cuesta admitir que me pone triste todo esto.
Y que a veces quiero huir.
Y convertirme en zorrita.
Y saltar.
Y no poder hablar.
Para que los demás se esfuercen en entenderme solo con la mirada.

Es mentira. Los demás no.
Para que él se esfuerce por entenderme solo con la mirada.
Porque estoy harta de las explicaciones y de argumentos científicos.

(¿Es para él el pensamiento racional un refugio? Perdón por pensar tanto.)

(El amor exige atención.)

Y si él supiese explicarlo todo lógicamente, todo estaría en su lugar.
Pero no sabe.
No sabe hacia dónde corre la energía de su cuerpo.
Pero yo sí sé hacia dónde corre la mía.

¿Qué pensaré antes de morir?
¿Pensaré que no he aprovechado suficiente este momento con mi hijo?
¿Pensaré lo bonita que fue esta etapa?
De las más felices de mi vida.
Lo pienso cada vez que hundo la nariz por la noche en la espalda del bebé.

Pero él no está allí.
No siento ninguno de sus abrazos.
Ni siento sus caricias.
Está lejos.
En un lugar en el que solo está él y su miedo, enfrentándose frente a frente como dos lobos.

Cuando se duerme camino por la casa.
Como para adueñarme del espacio de nuevo.
Ahora es un nuevo espacio y me gusta mirarlo sin presiones.
Respiro.
Y… soy feliz.
Pero él está durmiendo.
Y yo quiero que él despierte, me vea y deje de darme explicaciones.

¿Por qué, de repente, todos los hombres de mi vida están mejor lejos o ausentes?

viernes, 23 de enero de 2026

Chapter 1/Capítulo 1: Memoria fundacional

 Soñé con ser un animal.

Cuando era pequeña miraba a los ojos de los animales y me veía reflejada en ellos. Mi primer recuerdo es de cuando tenía apenas cuatro años. Vi a un gatito callejero y tuve la impresión de poder mantener una conversación con él sin usar ni una sola palabra. Por aquel entonces tenía un hermano de dos años con el que no debía hablar mucho.

Más tarde adoptamos un gatito en casa. Se llamaba Yaki. Lo adoptamos con solo quince días: era un pequeño bebé frágil y yo, que ya tenía siete años, me sentí intensamente atraída por acogerlo en mí. Protegerlo.
El gato fue creciendo, y también nuestra amistad. No era un hijo. Era un amigo. Y me entendía.

Jugábamos a coger la pelota corriendo. Me arañaba intentando cazar plumas atadas a un palo. Yo le quería.

Pronto mis padres se dieron cuenta y se deshicieron de él. Quizás porque pensaron que me volvería loca si seguía hablando con el gato. Nunca pensaron que manteníamos conversaciones: los gatos no hablan. Los gatos no hablan.
Y algunas personas tampoco hablan. Aunque utilicen palabras y palabras. No hablan nada.

Yo no hacía más que pensar eso. Y eso es lo que sigo pensando. Es mucho más fácil comunicarse con los animales que con las personas. Parecen, simplemente, entender qué quiero decir. Y las personas no.
Con las personas siento que tengo que trepar un muro, una vez y otra vez. Tengo que demostrar que soy ágil y fuerte. E inteligente. A todo el mundo. Personas desconocidas y queridas.

Mi gato persa, que murió hace poco, nunca me exigió escalar ningún muro. Me exigía otras cosas, pero escalar muros no.

No sé si me estoy explicando. Pienso mucho en ese momento en el que me hice amiga de mi primer gato. Recuerdo mi habitación. Recuerdo la silla roja, pequeña, de plástico, donde se subía el gato para mantener nuestras conversaciones. Yo le abrazaba y él ronroneaba.
Nos queríamos. Y era así de sencillo. Nos queríamos.

Con él sentí por primera vez en mi vida que le había fallado a alguien que estaba bajo mi protección. Pero yo también estaba bajo la protección de seres superiores a mí. Eso al gato le daba lo mismo. Y a mí también. El dolor sobrevino igual.

Mis padres lo enviaron a vivir a la casita que teníamos en el campo. Solo. Sin comida. Un gato que nunca había estado solo.
Dijeron que se lo merecía solo por el hecho de ser un gato y comportarse como un gato. No se había comportado como ellos pensaban que debía comportarse un animal que vive con personas en un piso.

Bufaba a los desconocidos, orinaba en el colchón de mis padres y arañaba sin miedo a quien quisiera tocarlo en las zonas en las que no le apetecía ser toqueteado. Hubiese sido mejor si no hubiese hecho nada. Si hubiese sido un peluche con un corazón que late.
Pero no. Estaba demasiado vivo.

Se empeñó en ser un ser vivo incontrolable y acabó como acaban todos los que no se adaptan a las normas: solo y abandonado.

Cuando mis padres le abandonaron me hicieron ir en el coche y despedirme. Me hicieron partícipe de algo con lo que no estaba de acuerdo: abandonar a un amigo por razones que no entendía.
Me pasé la semana llorando. Recordando cómo nos habíamos despedido. Notaba el calor de su pelaje en la palma de mis manos a cada rato y eso me emocionaba.

Le expliqué a mi madre que podía hablar con el gato. Que el gato no estaba bien allí, abandonado en nuestra casa del campo, aunque mi padre se empeñase en decir que ese era el mejor lugar para un gato que no sabe vivir con las personas.

Mi padre se empeñaba en darse la razón y yo me empeñaba en decirle que no la tenía. No parecía que tuviese siete años. Solo siete años. Solo era una persona luchando contra lo que creía una injusticia. 

Un fin de semana fuimos a la casita, a ver al gato. Lo encontramos malherido, cojeando, y yo insistí para tenerlo en casa hasta que se recuperase con la esperanza de que mis padres entrasen en razón y le dejaran quedarse de nuevo con nosotros. El gato se portó bien unos días pero al sentirse de nuevo en su hogar empezó a volver a sus antiguas costumbres, así que mis padres cuando vieron que se recuperaba un poco volvieron a decirme que lo tenían que devolver a la casita de campo, que allí él estaba mucho mejor. Yo no lo entendía porque era pequeña pero un animal es un animal y está mejor en el campo que en un piso de ciudad. 

Yo solo entendí que lo estaban volviendo a abandonar. Que habían accedido a acogerlo mientras estaba malherido y se comportaba dócilmente. Pero en cuanto volvió a ser un gato lo abandonaron. Sin más. Y encima me decían que estaba mejor en el campo, que así le gustaba estar a él, entre árboles y matorrales. Era mentira, yo lo sabía. Mi amigo no estaba hecho para vivir así. Pero mis padres se quedaban no solo tranquilos con esa idea sino que pretendían que yo les creyese y les apoyase, de algún modo. 

"Es pequeña, aún no lo entiendes". "Lo entenderás cuando seas mayor". Esas fueron todas sus explicaciones a un acto de una crueldad tan grande. 

Al final un día fuimos a la casa y el gato no respondió a nuestra llamada. Nunca más volvió. Y yo no pude despedirme de él ni decirle lo injusto que era todo. Odié a mis padres mucho tiempo por aquella injusticia. Lo que no sabía es que las injusticias no solo pueden ser hacia los animales sino que también se ejercen a las personas. Y que esa persona, más adelante, sería yo. 

La mentira puede presentarse como cuidado, de vez en cuando. 

La crueldad puede explicarse. 

Un ser querido puede desaparecer. 

Se acepta al vulnerable. 

Se tolera al dócil. 

Se expulsa al que vuelve a ser él mismo. 

Y al final, el abandono de ese gato en mi vida no se cerró, se propagó. 

jueves, 22 de enero de 2026

Capítulo 3: Punto de partida/Starting point

 


Parece que he vuelto  un extraño punto de partida. No me es del todo desconocido, pero ando a tientas y sin mapa. 

 El punto de partida está en nosotros. Pero está en las cosas. Antes que en nosotros. En las cosas que me cuentan lo que pasa antes de que me dé cuenta. Poco a poco, como las historias que repiten y repiten las abuelas. Es un cántico. 

Me he convertido en una cosa. Era una chica. Después una mujer. Luego una mujer embarazada. Fue muy bonito eso, ser una mujer embarazada. Yo nunca había sido algo así. Pero el espejo me decía que era yo a pesar de que la forma no era mi forma. Era yo, más uno. Ya no era yo, entonces. Y sabía que esa barriga era un corazón muy grande y un laberinto muy grande. Era un punto de partida. ¿Volvemos al laberinto? He estado allí. ¿Tenía intención de salir? No lo sé muy bien. Pero he estado con varias personas que sí salieron y varios animales. Algún animal se quedó conmigo. Pero no te distraigas. 

Estábamos en el punto en el que me había convertido en una cosa. ¿Cómo ha sucedido eso?¿De repente? No, claro que no. Poco a poco pero tú tenías los ojos cerrados muy fuerte. Estabas oliendo el aroma de bebé. Mecías en los brazós. Tus pechos estaban llenos de leche y una pequeña boquita se alimentaba de ti. No tenía tiempo de pensar qué era. Solo era algo importante para el bebé. Era algo imprescindible para el bebé. No puedo decir más que que es bonito. Y que parece que la vida se pone de acuerdo y te dice a cada momento que eres importante, y te acoge. Las personas no. Las personas tienden a no ser bonitas. La luz les ciega. Y en un momento todo se ponen a tu alrededor para intentar tapar la luz. Aunque te digan: qué guapa estás, una cierta envidia asoma tras sus orejitas de lobo. Quieren la magia. Quieren el bebé. Y te quieren a ti porque formas parte del bebé y el bebé forma parte de la vida. Supera eso. Nunca he sido más feliz y estado más asustada que cuando tuve al bebé entre mis brazos. Pero tampoco nunca fui tan grande. Y tan poderosa. 

Quizás ese poder me separó de ti. Tu susto me conmovió pero las cosas seguían estando donde siempre cuando llegamos a casa. Solo que nosotros éramos uno más. Tan solo había cambiado eso. Y tú parecías no saber donde estaba tu sitio porque ahora tu sitio ya no era el de siempre. 

El bebé lloraba. Y tú querías llorar también de lo indefenso que estabas. Quizás más que el bebé. Que sabía perfectamente lo que tenía que hacer. No como yo, que tenía la extraña sensanción de saber exactamente lo que tenía que hacer. Tú no. Empezaste a perderte. A no saber. A desorientarte. Empezó en casa y terminó en todos los lugares en los que estabas. Tierras movedizas. Todo se convirtió para ti en tierras movedizas. 

Creo que no he sabido muy bien dónde encajar mi felicidad en esas tierras tuyas. Están blandas y pegajosas. Me hundo cuando intento caminar sobre ellas. No me gustan. 

El niño ríe y me aleja de todo lo malo. Todas las cosas de casa están desordenadas, pero están en el sitio que les corresponde. El pequeño sí sabe cómo hacerlo. Sí sabe manejar la nueva vida que nace con él a cada paso. Le toco la manita. Aquí está. Aquí está. Y nos quedamos dormidos. 

domingo, 1 de noviembre de 2020

Capítulo 3: Me levanto y ya no estás/Chapert 3: I wake up and you aren't here

 

El instinto

El hombre viejo, desilusionado de todas las cosas,
desde el umbral de su casa bajo el tibio sol
contempla al perro y a la perra desatar el
instinto.

En la boca desdentada corretean moscas.
Su mujer murió hace ya tiempo. Ella también,
como todas las perras, prefería ignorarlo,
pero tenía el instinto. El hombre viejo olfateaba
—antes de perder sus dientes—, la noche llegaba,
se metían en la cama. Era hermoso el instinto.

Lo que le gusta del perro es su gran libertad.
De la mañana a la noche recorre la calle;
y un poco come, un poco duerme, un poco monta las perras:
no espera ni siquiera la noche. Razona,
como que husmea, y los olores que siente son suyos.

El hombre viejo recuerda una vez que de día
lo hizo como un perro en un campo de trigo.

No sabe ya con qué perra, mas recuerda el sol radiante
y el sudor y las ganas de no cesar nunca.
Era como en una cama. Si regresaran los años,
lo querría hacer siempre en un campo de trigo.

Baja por la calle una mujer y se detiene a mirar;
pasa el sacerdote y se voltea. En la plaza pública
se puede hacer de todo. Incluso la mujer,
que está dispuesta a voltearse por el hombre, se detiene.

Solamente un muchacho no tolera el juego
y hace llover piedras. El hombre viejo se enoja.

enero de 1936




No. You aren't here. Now. 

Me levanto y ya no estás. Y este es un día cualquiera. Y sigue haciendo Sol. Hace un Sol brillante. Hace tanto Sol que parece que hoy no es un día en el que nadie pueda dejar de quererse. Me pica en los ojos el Sol. Y me gusta. 

Pero, me levanto y ya no estás. 

Y todo parece un sueño. 

You know? A dream. 

Recuerdo la última palabra que dijiste ayer,  con voz alta y grave. Y el portazo. Y el cansancio que entristecía tu mirada. 

Are you tired, my love? 

La mente se evade con algunos pensamientos. (En mí, siempre son recuerdos y letras). 

Leí hace tiempo un poema de Pavese. Laborare stanca. Trabajar cansa. Amar también cansa. ¿Será porque trabajar cansa, como decía el poema? Pues no lo sé. Pero si sé que lo siento mucho -que nuestro amor se canse-. Y que no lo siento mucho, también. Sorry. 

Marc ha dejado un mensaje de audio en mi whatsapp. Dice: 

-        - Tenemos que hablar, Jane. Esto no puede seguir así.

- Otra vez, Jane. - me digo a mí misma en voz alta, altísima, y con tono de burla. 

Ese tenemos que hablar que parece salir de lo más profundo del humano. Sale de donde nadie tiene derecho a tocar hasta que tú, Jane, metes la mano tan adentro que la persona quiere escupirte. Vomitarte. Esos órganos no son tuyos. Eres de digestión pesada. Las personas te engullen como a un dulce muy rico y luego sienten terribles dolores de barriga. Jane. Es la verdad. Sonríes, Jane. Es la verdad. 

Marc parecía perturbado y sus palabras anunciaban una conversación que he escuchado ya más de una vez de distintos interlocutores. A algunos les he amado. Mucho. Bastante. Suficiente.  A otros, simplemente les he cogido algo de cariño de tanto hablar y de tanto tocarles. 

He hablado después de escuchar el tenemos que hablar en dos de mis restaurantes preferidos, y en una playa a pleno sol. Esta última conversación ha quedado grabada en mi memoria. ¿Cómo en en un sitio tan bonito podía acabar una historia? (no recuerdo el sitio pero sí que era la mar de bonito). Podían sellarse sentimientos como si se pegasen con Loctite. Las palabras pueden pesar como el cemento con el rumor del oleaje de fondo, una despedida llena de calma. Aquella mañana en la que Pol me dejó en la playa bajo un sol como el que hace hoy (hoy que Marc me ha dejado el mismo mensaje que me dejó Pol) no podía resistirme a observar como los labios de Pol se movían y decían palabras, intentaban decir palabras. Pero su atención estaba eclipsada por aquel placentero rumor del oleaje. Cuando Pol acabó de decir lo que tenía que decir concluyó con una frase: 

- Y no cambiará nada entre nosotros, aunque no haya funcionado. - ya, claro. 

Sí. Era dramático y hermoso. Pol era así. Dramático y hermoso como yo. Por eso no había funcionado. Con Luís era porque éramos tan, tan distintos. Con Aaron porque no coincidíamos en horarios. Con Jack todo podía haber sido perfecto, pero sus preferencias sexuales me dejaron un tanto… confusa, por llamarlo de algún modo. Y después llegó Marc. Con su sonrisa perfecta y su aliento a mentol. Con sus ¿necesitas algo? ¿estás bien? Con su buen humor matutino y sus ganas de cocinar algo rico a todas horas. Con sus manos, que recorrían mi cuerpo como si me reconociesen de un pasado antiguo. Y sus besos. Y sus abrazos. Y su todo.

Cuando conocí a Marc pensé que funcionaría. Lo decían las largas noches que pasábamos hablando después del sexo y el vino que compartímos sin echarnos en cara quien de los dos había bebido más. Y las miradas y los silencios absurdos que te hacen parecer pequeño mientras sientes algo grande, grande. 

Y eso.

Todo eso. 

Y ahora me encuentro, después de dos largos años, escuchando el mismo mensaje en el contestador que he escuchado otras veces de una persona de la que nunca habría esperado esas palabras.

-          ¿Falla el amor? ¿Fallo yo?

– ¿Falla y parece que todo está bien? ¿Falla porque no logramos llegar al interior del otro, porque el amor no existía de antemano, porque somos arrogantes y cobardes?

Pues no sé. Pero mi gato sigue haciendo lo mismo aunque se haya montado todo este drama. 

Y el sol sigue saliendo y calentando y siendo de lo más agradable. 

Y echaré de menos a Marc. 

 


miércoles, 7 de octubre de 2020

UNA NUEVA HISTORIA. Capítulo 2: Nosotros solo somos nosotros, una combinación única



 

 

Quiero abandonarme al sentimiento. Y estoy más que harta. Más que harta. 

Porque quiero dejar de pensar en cosas materiales. Aunque no debería. Pero es que soy así. 

Ni una vez he podido dejar de abandonarme. 

Y tengo miedo de la soledad que eso implica. 

Tengo miedo y estoy harta de no estar hecha para los tiempos que corren. Estos tiempos en los que los sentimientos no quieren decir nada. 

"Yo te quiero" y mañana ya no te querré. 

Me gustas tú, pero igual que tú me pueden gustar todas, cualquiera. Exijo infinitas combinaciones de mí  con otros amores al destino. 

Soledad. Liquidez. Efímero.

Es una historia bastante bonita la nuestra. Llena de pasos pequeños y suaves como los de los gatos. Pisando con cautela. 

Yo sé bastante de contar historias. Por eso a veces no me creo la tuya. Y a veces sí. 

Sé bastante de contar historias. Y de mentiras y verdades. Y de pasión. Y de amor, un poco. 

Estoy contenta de haberme enamorado. Estoy contenta del amor lento que te va penetrando y penetrando hasta que te atraviesa. Una vez lo tienes dentro ya te han cazado. 

Pero "todas las mujeres son unas putas". Muchas con el corazón de puta de las putadas que les han hecho hombres que se lo habían prometido todo. 

A veces, cuando dices alguna de tus frases estrella, me doy cuenta de que el amor no es para siempre. Y me entristece. Porque yo pensaba que lo era, aún a pesar del dolor. Aún a pesar de la tristeza. Al menos pensaba que el amor era algo especial y para siempre. 

Pero a veces te digo "¿crees que estaremos juntos para siempre?" A mí me gustaría. Así, sin artificio. Así, porque lo siento ahora mismo. Me gustaría. 

Y tú me contestas: 

- Cuando me dices esas cosas pareces una loca. 

- Si nos casamos, sería para siempre. 

- Ahora en los tiempos que corren casarse no es garantía de nada. 

Y, entonces, ¿para qué quieres casarte? ¿para qué tener un hijo? Si nada será para siempre. 

Y entonces eso. Me doy cuenta de que ahora, en los tiempos que corren y de los que me apetece a veces estar al margen, las personas parecen girar la cara al amor. O parece que quieres aparentar que el amor puede existir en infinidad de personas. 

Pues no. 

No es así.

Puede que podamos encontrar a infinidad de personas. Y puede que sea divertido. Puede que aquella mujer tenga un culo mucho mejor que el mío. Puede que sepa cosas que yo no sé. Pero no es yo. Ni es nosotros. 

Nosotros solo somos nosotros. 

Y eso es una combinación única. Una combinación que no volverá a repetirse. Espero que algún día te des cuenta. Que no me has elegido. Nos hemos elegido. Y que este momento es único. Ojalá diésemos importancia a las personas. 

Luego las personas faltan. Y lloramos. 

Juro que si quiero a alguien me da igual lo que me llamen. Puede que todas las mujeres seamos unas putas y unas locas. Unas putas locas. Pero lo prefiero. Decir que quiero estar contigo para siempre después de hacer el amor a pensar que todo se acabará y que, un día, ya no nos acordaremos de todas las veces que nos hemos mirado al corrernos. 

Si estoy habitando este mundo es por amor. Nunca se me olvida. Nunca. Y el amor importa. Y se teje de pequeños momentos que vienen a la mente y arrancan una tímida sonrisa que ni te la crees. 

No queremos sufrir. No queremos decir: tú eres una persona única y si te vas sufriré. Y si te vas, me costará un huevo y parte del otro encontrar a alguien con el que esté tan a gusto como contigo. 





domingo, 30 de agosto de 2020

UNA NUEVA HISTORIA: CAPÍTULO 1. UNOS DÍAS EN LA PLAYA {Creciendo y encogiendo}


"Si me hace crecer podré coger la llave; y si me hace encoger, podré deslizarme bajo la puerta; así que de cualquier manera entraré en el jardín, ¡y no me importa lo que ocurra!"."

Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carrol




Pasar unos días en la playa con la familia siempre está teñido de ternura y de extrañeza. 

Allí, en la playa. En la casa de los padres se suceden los reencuentros con partes de ella misma que hace tiempo que intenta dejar atrás. Se siente frágil. Y otra vez pequeña. Ahora, con la llegada de la pequeña, es como si todo volviese a su lugar y se apaciguase. Y a una la dejan crecer, a veces, por momentos. Creces y te encoges. Creces y te encoges. 

Y, entonces, de repente comprendió el proceso de Alicia o de Lolita. Que crecen y se encogen como en una especie de baile. 

¿Le pasa eso solo a las mujeres? 

Cuando piensa en eso solo piensa en ellas. Ellas en general. Creciendo y encogiendo a lo largo de la vida. Con sus padres. Con ese compañero. Con esa compañera. Con el hijo. En el trabajo. Esa sensación. Constante. 

Como el vaivén de las olas del mar en la orilla que tanto le gusta observar. 

Los días en la playa se suceden escuchando voces familiares. Pasos familiares. Olores familiares. Volver a la familia es esencial, de vez en cuando, algunas veces, para huir del "mundanal ruido". 

  

¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
                                                                                                       Fray Luis de León

La casa familiar es aquella donde siempre la esperan. Es aquella a la que siempre se puede volver. Malherida. Bienherida. Siempre se puede volver. Cambian cosas. No reconoce el nuevo bañador de su madre. Su padre está construyendo una habitación en la que poder escuchar música y cantar que está llena de polvo y de cosas antiguas. Cosas que no siguen ninguna norma escrita más que en el espíritu de su padre. Eso la emociona. Y la extraña. Porque hay cosas que creemos entender y no entendemos. Y los comportamientos de la familia son una de esas cosas. 

Al llegar a la casa hay un nuevo habitante. 
Es una niña. 
Una niña pequeña que justo empieza a descubrir el mundo. 

Siempre había pensado que esa casa de campo cerca de la playa era ideal para descubrirse a la vez que se descubre el mundo que hay a tu alrededor. El acceso a las plantas y las flores. La tierra. El paisaje de las montañas a lo lejos. El agua de la piscina. Los bichitos. Los molestos bichitos aquí y allá. Van y vienen sin miedo de estar donde no deben estar. Porque siempre están donde deben estar, indiscutiblemente. 

Y los amaneceres. Y las puestas de sol. Y el aire huele diferente. 

La nueva habitante lo mira todo con curiosidad. Camina un poco. Se cae y se levanta rápido. Gatea por encima del cuerpo de ella como si ella fuese un cojín, una montaña o nada. Simplemente un obstáculo que se encuentra en su camino y que debe sortear. La nueva habitante lo llena todo de un aire especial. Un aire nuevo. Tiene los ojos grandes y redondos y las manos pequeñas. Pasos decididos a pesar de que ni siquiera camina. Y habla su propio idioma. Un idioma formado por sonidos que dentro de muy poco serán palabras. ¡Qué pena! Ahora ella puede decirlo todo. Luego ya no podrá, y será esclava de lo que pueda decir con palabras. Y no como ahora. Que puede nombrarlo todo. Decirlo todo. Pedirlo todo. Porque todo existe en su lengua. Le da cierta pena saber eso y no poder advertirla. Pero no puede hacer nada. Dejar que disfrute ahora de ese gritito, ese sonido ininteligible. Luego todo desaparecerá y tendrá que decir "gracias" y "por favor". Y aparecerán las personas a su alrededor diciéndole cosas que ella deberá entender. Aunque no sea así. 

La nueva habitante de la casa ha aparecido para moverlo todo de lugar. Para sacudir todos los objetos y todas las personas de la casa. La nueva habitante es un pequeño motor. Un corazón diminuto que bombea sangre a las cosas de allí dentro, de dentro de la casa. Y la casa está un poco más viva por ella. Las paredes laten a otro ritmo y la recogen. Ahora, la nueva habitante forma parte de la casa. Y forma parte de la vida. Y se encoge y crece como el resto de los habitantes. 

Hay algunas cosas que no conoce y hay que mostrarle. Algunas son demasiado grandes todavía para ella. Y otras no. Otras están hechas justo a su medida y son los adultos con su experiencia los que le dicen esto sí es para ti y esto todavía no. Un acto tan injusto como el de toparse un día con el mundo de las palabras. 

Esta palabra sí es lo que quieres decir. Esto es lo que puedes hacer. Solo tienes un año, nueva habitante de la casa. Y con ese año puedes hacer todas estas cosas. 

Le muestran el camino a ella, que aún no camina. Pero ella tiene otros planes en la cabeza. Ellos quieren que coma y ella quiere ver al gato. Ellos quieren que duerma y ella gatear rápido para encontrar un rincón oculto donde poder observar una cosa nueva. Porque cada día ve cosas nuevas. Cosas que nunca ha visto. 

En la familia que habita en la casa siempre ha habido gatos. Así que es normal que a ella le gusten. Y siempre ha habido miedo, así que también es normal que ella lo tenga un poco. Aunque, se le antoja que la nueva habitante tiene un poco menos de miedo que todos. Y se le antoja que ojalá la dejen en paz y la dejen vivir sin miedo. 

Estos días en la playa Mía no ha hecho más que crecer y decrecer al ritmo de las olas del mar. Ha utilizado las manos, la piel, el lenguaje, la boca. Ha escuchado las historias de su padre que aún no entiende. Su padre habla otro lenguaje. Un lenguaje antiguo al que está accediendo poco a poco según pasan los años. Es el lenguaje de la nueva habitante. 

El padre tiene sesenta y siete años y la nueva habitante solo uno. Pero están cerca en lo que quieren decir. Quieren palabras para nombrar el mundo que existe solo para ellos. Sin que interfiera nada en ellos y el mundo. Al padre de Mía nadie le enseñó el  mundo, así que tuvo que descubrirlo solo. Y la soledad para un niño que necesita una mano que le guíe es cruel. 

Estos días le ha dado tiempo de observar, como la nueva habitante. De observar a todo el mundo. Su hermano -padre de la nueva habitante- tiene dos lunares en la espalda. Si trazas una línea de uno a otro lunar es una línea recta. Como él. Es su línea recta, ya escrita en su espalda desde el nacimiento. Ahí está su vida. Aunque no podamos entenderla. Mía tiene tres lunares en el muslo derecho. Si trazas tres líneas entre ellos y unes los puntos son un triángulo. También es su vida. ¡Ojalá tuviésemos siempre tiempo de mirar las cosas! Y a las personas queridas y cercanas. Hay tantas cosas que quiere mirar. Y tiene ese deseo para la nueva habitante. Que mire mucho. Y que tenga mucho tiempo de mirar las cosas y a las personas que se vayan cruzando en su camino. La nueva habitante tiene mirada intensa y es muy observadora. Ojalá no la pierda nunca. 

Mía se quedará siempre con las cosas pequeñas. Que ahora es pequeñita y cuando toca la arena de la playa la nueva habitante siente piedritas bajo la planta de los pies y le tiemblan las piernas. 
Se queda con poder señalarle un avión al pasar y decirle "es un avión". La pequeña dirige la mirada allá donde señalas. Y son un montón de cosas que aún no sabe del mundo. 

Mía se queda con poder llevarla en brazos y hablarle de las cosas a su alrededor. "Esto es una ola", "Aquellos son tus padres". Ellas están sentadas en la orilla de la playa en un día nublado. El viento revuelve el mar. Y las olas rompen en la orilla con fuerza. Las dos miran las olas, una a una, manchar la arena, una y otra vez. Y, entonces, recuerdo a Gabriela Mistral: 

"Dame, Señor, la perseverancia de las olas del mar, que hacen que cada retroceso sea un punto de partida para un nuevo avance."

Y eso le deseo a la nueva habitante de la casa. La perseverancia de las olas. Que no se le olvide. 






domingo, 7 de junio de 2020

Capítulo 29: la nueva casa / Chapter 29: the new house


The new house/ La nueva casa


Poco a poco, va descubriendo los rincones de una casa desconocida hasta el momento.
Gradually, she discover the corners of a house unknow until that moment.
Es como quitarse el cabello de la cara. El mismo gesto. Rápido y falsamente despreocupado.
It’s like taking your hair off your face. The same movement. Fast and falsely careless. 
Él la coge de la mano. La acompaña. Ha entrado en la casa y ahora es otra casa. Ya nada parece lo que era y ya nada parece lo que es.
He takes her hand. He accompanies her. He has entered the house and, now, is another house.
Lonenyless

Ha llegado a casa y está sola. Por fin sola. Le faltan tantas cosas, pero está tan tranquila que se asusta de sí misma. De la paz que la come por dentro. Y es que quiere escribir en su diario. Y quiere escribir en otro idioma, para descubrirse a sí misma.

Y entonces fue cuando apareció esa especie de ser. Un ser diminuto. Como los muñequitos antiestrés que poblaban la habitación donde solía escribir.

-          Mía, vengo de muy lejos para decirte algo muy importante.

El ser diminuto sabía su nombre. Y hablaba en su idioma. Pero no era de aquí. Aquí no había personas tan pequeñas. Ni tan peludas.

{TENGO QUE PENSAR EN UN SER MITOLÓGICO CURIOSO. Los niwis}

Capitulo 28: yoga, lobos y caperucitas/ Chapter 28: yoga, wolfs and red riding hoods

 El confinamiento ha dejado algunas historias.

Algunas tienen sentido. Otras no.

Ha sido todo demasiado surrealista como para tener sentido. Y yo ya no sé si quiero escribir con sentido. La verdad es que no quiero.

¡Convirtamos la vida en una obra de arte! Es la conclusión del confinamiento. Yo ya quería. Pero ahora quiero más. Mucho más.

Esta es la historia. Es sobre cosas sin sentido. Y me da lo mismo. Porque ¿acaso han tenido sentido estos días, aunque nos esforcemos por buscarlo y buscarlo?



1. El cerebro se ha hecho pequeñito y ya solo piensa en cosas obvias. Cosas esenciales para la supervivencia -esta supervivencia falsa de un vivir falso-. Algunos se han alegrado de volver de esa pequeña revolución que luchaban por dentro a diario en el exterior. Otros no. El confinamiento les ha hecho darse cuenta de que no les interesan tantas cosas como pensaban, o de que hablar con su yo interior -ese al que, simplemente, habían descuidado y dejado morir de hambre de mundo, ahí encerrado- es una mierda, y se caen como persona más que mal. Muy mal.

Y es que no ha sido fácil, pero, como dice mi amigo Raíl -con el que solo hablo por whatsapp desde hace tres años porque no me apetece verlo-, tampoco ha sido difícil. Solo era cuestión de fluir y abandonarse, Clara. Sí. He ahí la cuestión.

Fluir. Y abandonarse.

Y eso era lo difícil para Laura. Para Ose. Para Pablo. Para Carlos. Para Miguel. Para Silvosa. Para Carol. Fluir y abandonarse. Como si fuese sencillo.

Vamos a ello. Vamos a fluir y abandonarnos. Eso pensó Clara después de la conversación por Whatsapp con Raíl. Hasta un audio le había enviado él. Ella nunca. Nunca le enviaría un audio. Ya que no había ni acuerdo ni obligación en esas conversaciones. Solo fluían y se abandonaban.

La historia de Clara: yoga, lobo y caperucita

El yoga te hace promesas de paz interior.

Por eso, muchos se han subido al carro del yoga en el confinamiento. Pero “no hace nada”, como dicen las abuelas. No hace nada. Porque la paz por dentro o se tiene o no se tiene. Porque la lucha es entre la luz y la oscuridad, como siempre. Como desde que se formó el mundo como lo conocemos -¿y cómo se formó el mundo?-. Y pretender que la lucha no pasa respirando es tan inútil como decir “esto no me gusta” cuando te encanta. Y es que hay dos movimientos dentro de una persona. Uno es hacia fuera. Es el primer movimiento. El de nacer. El de sentir que la vida te estira del vientre de tu madre para abandonarte a tu suerte. Hacia fuera. Estirar. Ese movimiento te pone en contacto con los acontecimientos. con otras personas. Con vivencias pasadas. Seres. Cosas. Cotidianidad. Experiencias. Lágrimas. Y el primer sonido y la primera sonrisa. Es la de tu madre. Lágrimas y sonrisas.

Pero hay otro movimiento al que no todo el mundo dice sí. Hay otro movimiento hacia dentro. Ahí estamos nosotros. Y donde nos parece que había luz, en cuanto cerramos los ojos se convierte en sombra. Toda teñida de negro. Toda hecha lobo feroz. Y es que ya nos lo explicó Perrault en el cuento ese de la caperucita Que una niña no puede salir sola a la vida -que puede ser el bosque y pueder ser el metro de Barcelona o una discoteca a las afueras-. Así, tan tierna y vestida con la caperuza. Que hay muchos, muchos lobos. Muchos. Y, ahora, en los tiempos que corren, tan modernos, las caperucitas y los caperucitos suelen hacerse amigos del lobo. Vaya. Por sus cojones, son supervalientes y superfuertes y tocan al lobo y el lobo "debe" perdonarles la vida. Porque ya no tiene hambre de ser humano. Y los dos hipsters de turno se lo creen. Porque han leído cosas que creen que los demás no saben -pero sí las saben-.

Y eso. Como las caperucitas y los caperucitos de ahora se creen invencibles y cuentan el cuento de cómo se han hecho amigos del lobo feroz -que ya te advierte el adjetivo de lo peligroso del lobo, pero les da lo mismo-. Como reescriben el mundo como no ha pasado, como reescriben la historia como no existe, luego se llevan El Gran Chasco.

Un día, mientras el lobo duerme a los pies de la esterilla sobre la que hacen sus posturas de yoga más complicadas -las más preferidas-. Ahí. Tan estirado y tan grande. Tan peludo y tan salvaje y tan aparentemente domesticado. Sientes la paz absoluta. Joder. Has domesticado al lobo. Qué bonito es admirarlo. Qué bonito poder hacer yoga con él este confinamiento en el que me recuperaré del estrés de la vida gracias a un virus que amenaza con matarme.
Savásana es la postura preferida. La domina a la perfección, Te estiras en el suelo y te engrandeces. Y te conectas a la naturaleza. Piensas en árboles. En bosques. En amor incondicional para el mundo.  Y, de repente, la caperucita yogi siente una respiración en la mejilla. El lobo domesticado está a punto de lamerla. Lo hace a veces. Pero esta vez, que se ha relajado tanto que ha visto la luz en su interior - ¿existe esa luz o es que al tener los ojos cerrados vemos blanco?- abre los ojos y ve al lobo ahí. Respirando al lado de su mejilla. Y... bueno. No sé si está bien que explique como acaba la caperucita en este cuento de confinamiento. Lo que sí puedo decir es que ya no pudo hacer más yoga. Así fue.

Voraz también empieza con V de vivir. Pensó. Quizás en otro confinamiento sí aprendamos a domesticar a los lobos. Y sí se puedan cambiar los cuentos. Y esta yogi se convierta en princesa o en unicornio o en un plato de pasta.

No sé. Quizás. Puede. Seguramente. Sí. O no.

Quién sabe. Así son las historias de confinamiento. Que vienen y van. Vienen y van. Y se forman sin querer.




sábado, 18 de enero de 2020

Chapter 27: Ahora lo entiendo / I finally understand it

Ahora lo entiendo.
No era a mí a quien le gustaban aquellas cosas.
No era a mí a quien le gustaban las puestas de sol y el mar.
Ni los deportes. Ni la política.
Ni las noches de fiesta.
Ni el sol hasta hartarnos.
Era a ti.

Aquella no era yo, y tú lo sabías.

Ya no pasa nada. Pero vaya. Darse cuenta un día de que aquella no era yo. Vaya.

viernes, 16 de agosto de 2019

Chapter 26. Mono no aware


Ya sé lo que voy a tatuarme.

Mono no aware.

Miguel eres la belleza que dura un ratito. Arte. Que está, pero que nunca será mío y nunca podré llevármelo a ningún lugar conmigo más que en mis recuerdos.
Eres bello. Siento algo por ti similar a cuando observo, sigilosa y tímida, una gran obra de arte que seguirá allí tras mi muerte. Este sentimiento similar al amor seguirá aquí entre nosotros cuando me vaya, cuando te vayas.
Guardaría cada uno de los momentos bellos que hemos pasado juntos colgados en una pared. Tu sonrisa. La forma que tienes de hablarme. Tus miradas, todas las miradas. Tu expresión mientras duermes.
Pero nos separó la vida. Porque yo no entendía lo que era esto entre nosotros. Era único, pero era algo que no es para cada día. No es para la vida. No es rutina. No es ritmo para la felicidad.
Es ser especies diferentes y tocarnos. Y sentir que aún siendo especies distintas somos distintos iguales.

Eres bello. Y nuestro amor es bello. Siempre lo será. Y ahora me da por pensar que no debo equivocarme queriendo hacer de nuestro amor algo que no es. Un amor donde los dos somos bellos por un rato. Un ratito, nos sublimamos. Somos puro placer. Pura carrera. Puro juego. Pura pasión. Pero un ratito porque la vida es una rutina lenta que no todo el mundo puede aguantar en compañía.


miércoles, 19 de junio de 2019

Voy a vomitar nuestra historia hasta que desaparezcas ó Just Get Out


Hacía más o menos una semana que se había enterado de la peor de las formas -por casualidad- de que su ex le estaba poniendo unos cuernos de campeonato con una de sus mejores amigas. De ella.

Ana era una de esas personas que crees tu alma gemela. Alma siempre la llamaba para todo, para contarle penas y alegrías. Parecía ser una de esas mujeres profundas que te tocan el corazón con las palabras y que te entienden.
Sí. Con cada copa. Con cada café. Con cada paseo a lo largo de esos quince años. Alma había desnudado su yo más secreto a esa mujer.
Y... ahora. El dolor más intenso se clavaba en su estómago al leer esos correos electrónicos cargados de frases que le escribía a su novia y que ella ni siquiera era capaz de imaginar.
Asco.
Rabia.
Asco de nuevo.

El amor se va derritiendo lentamente de su cuerpo para dejar al descubierto a un ser diferente. Más parecido a un monstruo de piel rugosa, agrietada, rojo intenso. Suda. Y huele. Con cada palabra y cada frase se convierte en una herida abierta. Supura.

Por un momento se le pasa esto por la cabeza - Si cierro los mails todo volverá a ser como antes. Puedo fingir que no los he leído, que no existen. Puedo borrar esta historia de mi mente y, simplemente, hacer como si nada hubiese pasado- . Y durante un rato, se sienta en el suelo delante de la puerta abierta donde Alicia duerme plácidamente. La observa. - ¿En serio has podido hacerme esto?- . Sí. Ha podido. Y no solo ha podido sino que, por el tono de los correos, ha disfrutado.

En su cabeza se repite la frase:

"Se lo diremos a Alma después de las vacaciones, antes no, le romperíamos el corazón y las dos la queremos."

Las dos me queréis. Las dos me habéis tocado. Las dos me habéis visto llorar. Y me habéis besado. Y a las dos os he abierto mi corazón. Y, ahora, siento como si hubieseis estado planeando cuánta limosna me daríais para que tampoco fuese un dolor tan grande perderos.

Por que en estas historias se pierde. Siempre se pierde. Siempre hay alguien que pierde.

martes, 28 de mayo de 2019

Desapareces estando aquí y vuelvo a creer en los fantasmas

Hace tiempo que has desaparecido. Pareces no estar. Caminas lento y pausado por la casa sin mirar alrededor. Abres y cierras puertas. Enciendes luces. Haces ruidos estridentes que rompen el silencio de golpe. A veces toses. Estornudas. Se te cae una cuchara. Y yo me doy cuenta de que sí. De que estás. De que vivimos juntos.

Hace tiempo que ya no hablo de casi nada. Porque cada vez que hablo acabamos a gritos. Y eso es porque no te veo. No sé con quién estoy hablando, porque la persona que eras ya no está. En su lugar, hay un ser desconocido y oscuro. Un ser malhumorado. Un ser indescriptible. Como si tu proceso de putrefacción hubiese empezado sin yo darme cuenta. Dicen que a las personas que irradian luz las mueve el amor. Y tú, que cada día estás más oscuro, pareces alimentarte de odio. Odio hacia ti mismo y hacia todo lo que te rodea. El odio parece ser tu única conexión con el exterior. Y no deja crecer nada a tu alrededor.

Pensaba que lo tenía controlado y pensaba que podría ayudarte, de algún modo. Acercándome a ti y escuchando lo que tenías que decir, por muy malo que fuese. Pero desde hace un tiempo acercarme a ti es imposible. La lengua ya no nos une, como antes. Porque me he dado cuenta de que tu oscuridad va más allá de cualquier lengua. Y yo siempre he confiado en las palabras, y si no en tus ojos. Pero es que tu mirada ya no me habla. Has construido un muro y te has afincado tras él. Y no hay forma de comunicarse, así.

Entonces. ¿Qué hago con todo ese ruido que me rodea? ¿Qué hago? Porque es como si un fantasma se hubiese apoderado de la casa. No está, pero está en todos los lados. Y yo estoy y no estoy en ninguno.

Y, por supuesto, ese nosotros que un día fuimos se ha muerto de falta de luz, y de amor, y de cariño, y de empeño y de deseo.

Pensaba que podría ayudarte, y me estoy enfermando.


miércoles, 13 de marzo de 2019

Chapter 25: people & things / Capítulo 25: personas & cosas

Siempre me han interesado las personas. Cómo las personas piensan y se comportan. Cómo llegan a determinadas conclusiones.
Observar.
Tú observas las cosas y yo a las personas.

Y nos parece tan natural que no entendemos como el otro lo ve distinto.

O soy yo la que está empeñada en que lo veamos igual.

Puede.

Época de crisis.

Quiero estar con una mujer pero no quiero estar con esa mujer. No quiero una mujer. Ni quiero un hombre. Pero no es querer sino sentir y necesitar.

Estoy en la encrucijada entre la mente y el cuerpo. Y es la vida la que me pone entre la espada y la pared.

Eligiendo una cosa u otra  mi vida cambia.

Eligiéndolo a él mi vida cambia.

Y eso él no lo entiende porque solo entiende las cosas.

Para mi es incomprensible.

¿Cómo puede ser que entienda el funcionamiento de un coche y no pueda entenderme a mí?

Él dirá:

Un coche es un coche. Y tú no paras de cambiar de opinión.

Claro, soy una persona. Pero mi maquinaria es siempre la misma.

Personas, cosas y langostas. Peterson. Gracias a Peterson he aprendido porque estamos interesados en cosas distintas. Macho y hembra. Langostas. Nos comportamos como lo que somos, un hombre y una mujer.

Si todo fuese fácil sería como lo estoy diciendo ahora mismo, ni más ni menos, pero no lo es.

Yo no me siento una langosta. Al menos no mentalmente.

Aunque podría llorar si alguien cogiese a esa langosta y quisiese engullirla en caldereta.

Entiendo ahora por qué para Pablo es tan absurdo ser pansexual. No lo entiende.

Yo, que tengo tantas hormonas y ya no sé ni siquiera cuáles me representan, sí lo entiendo. Pero mi cuerpo no. ¿Qué hago?


miércoles, 9 de enero de 2019

Chapter 24: Silly moments/ Capítulo 24: Tonterías

Cuando Pablo entró en mi vida todo se llenó de tonterías. De silly moments. De tú no entiendes esto y yo no entiendo aquello.

Podíamos pasear. Podíamos tomar el sol. Podíamos oler, calmados, el jazmín que empezaba a florecer en nuestra terraza.

Pero preferíamos "disfrutar" de nuestras tonterías.

Podíamos mirarnos y tocarnos la piel. Y disfrutar del sexo por sexo o del sexo con amor. O de, simplemente, el placer de tener una piel que tocar que no fuese la nuestra.

Podíamos mantener una animada conversación, o no.

Pero nada era suficiente para aguantar el tedio de la vida.

Parecíamos mirarnos y cansarnos. Inmediatamente.

Entonces recordé. Yo no quería escribir esta historia.



Chapter 22: the praise/ Capítulo 22: la lloança

Hay pocas cosas con tanta fuerza como cuando ves una imagen. Cambiar de lugar y ver diferente es como cambiarse de ojos por la mañana y ser distinto. Y descubres cosas. No solo sobre ti, sino también sobre los otros y sobre las acciones y sobre las decisiones que debes o no tomar.

No es una pequeña cosa mirar alrededor.

Para mirar alrededor hace falta valentía y paciencia. Y determinación. Y tener las piernas poco entumecidas y el cerebro poco cansado.

- Cada vez que le veo la mirada triste me dan ganas de correr muy lejos. Muy lejos. De largarme a otro lugar. A uno donde haya remedios para las miradas tristes de los seres queridos. - se lo cuenta a su amiga. Su amiga la mira con ojos abiertos y perdidos entre la gente que pasa incensante dispuesta a hacer colas quilométricas para visitar el Templo de la Sagrada Familia.
- No le digas nada. Sé cariñosa con él pero no le digas nada. Así no le ayudarás. . Mastica un pequeño croissant integral con chocolate negro en las puntas. Unas migas quedan estacionadas en la comisura de sus labios. Y allí se quedan hasta que decide volver a abrir la boca. Entonces caen al suelo, ligeras y delicadas.
- Sé que es la mejor opción. Pero me cuesta. El silencio me cuesta. No hablar de lo que cada uno siente. ¿Cómo puede ser tan complicado hablar de uno mismo? ¿Cómo puede ser tan complicado hablar con la persona con la que has elegido vivir y a la que has elegido amar?
- Lo estás haciendo muy complicado. Él no quiere hablar. Él tiene su tiempo.
- ¿Y si su tiempo resulta ser infinito? ¿Y si no se le pasa nunca?
- Lo estás haciendo todo demasiado catastrofista. Así no arreglas nada. Solo te preocupas tú. Y, de paso, si empiezas a hablarle, le preocupas más también a él.
- Sí, tienes razón.

Sí. Le da la razón. Pero en sus ojos se dibuja la tristeza. Hay un juicio grande a sí misma. Se siente culpable. ¿Acaso es mala? ¿Aspira a demasiado? A poder ayudarle. Solo eso.

Chapter 24: ARTIFICIO: recuperar el pasado y volverlo presente porque el tiempo no existe

ARTIFICIERAS...: instrucciones
Aquí todo empezará por el final. Justo en la Z. la letra última, que puede ser la primera en cuanto gires la cabeza a un lado y tu compañero de mesa en la universidad o en la oficina se llame Zacarías o Záfrasa. Entonces, y solo entonces, sabrás con certeza que todo ha acabado. y te resignarás a caminar para saber el comienzo, como comenzó lo que acaba. Una no quiere leer desde el no principio. Pero, a veces, no hay alternativa. Por ejemplo, hoy, ya, no hay alternativa. Esto no es el principio, es el revés de esa palabra. ¿Sabrás? ¿Sí? ¿Sabrás?


Esto lo escribí hace mucho años, en 2007 y, sin embargo, es tan cercano a mí como mi último aliento, que ni siquiera he pensado. 

Es mi forma de escribir, que es un aliento, que es un parpadeo. Es instinto e inercia. No puedo pensar mientras escribo y siempre que he querido hacer eso la he cagado. De una forma ridícula y sublime. Queriendo no ser Yo. 

Podía haberme casado con un enano. 

Eso hubiese sido perfecto. Porque no estoy hecha para la perfección sino para mirar sin mirar. Para ver con el alma. Me tapo los ojos, respiro, sigo las marcas olfativas. Encuentro lo que encuentro. No me puedo quejar porque no lo elijo yo, sino la naturaleza, el destino. Y me intentan convencer de que controlo y no es cierto. Yo no controlo nada y por eso quiero explosionar y destruir lo que la naturaleza me manda. 

¿Por qué no me mandan algo afín a mí? ¿Por qué tus pistas son tan engañosas? La vida no me deja señales claras que seguir y unos y otros me aconsejan cosas muy distintas. ¿De quién debo fiarme?

Del soñador o del realista. Acaso solo me quede realismo para dar con la respuesta que busco y luego todo termine. Como cuando le encontré. Que fui construyendo la historia de cómo había llegado hasta él. Que pregunté a la luna una noche, y le pedí por favor muchas cosas como si tuviese en sus manos todas las respuestas a todo lo que me rondaba la mente. Lo pedí educadamente y con respeto y sucedió. 
Vamos a hacer una cosa, un trato. 
Voy a mantenerte aquí contándote una historia. Te voy a contar un cuento para que no te vayas, como llevas haciendo todos estos meses. Ese será el capítulo 25. 

martes, 27 de marzo de 2018

Chapter 23: the transmutation / Capítulo 23: la transmutación

La transmutación duele.
Transformarse en la bestia no es agradable para nadie. Y no es que la bestia sea algo nuevo. La bestia siempre ha estado ahí.
Y, la bestia, también posee mirada noble, y también sufre.
Cuando te conocí, nos transformamos en lobos. En una pareja de lobos que miraban en la misma dirección.
Corríamos. Intentábamos adelantar a la vida, que te engulle.
Intentaba no poner mis patas entre tus patas. Y, así, no nos caíamos. No tropezábamos.

Tu velocidad me daba velocidad. Me hacía querer correr más y más rápido. Y, de repente, hacíamos un alto en el camino para mordernos las orejas y jugar.
Jugábamos a ser cachorros. Saltábamos en los descansos. Nos lamíamos. Te quería. Te amaba. Amaba tus garras y amaba los pelitos que te crecían entre los deditos de las patas.
Y escuchaba tu perfecto aullido tumbada entre la hierba, en paz.
Éramos dos. Los dos, y la vida. Las bestias que éramos en el pasado se habían adormecido levemente. Y nacían de nosotros criaturas desconocidas y torpes. Que intentaban vivir desde la inocencia y el amor.

La decisión de darme fue una decisión grande. Darme a ti. Confiar otra vez. En que la bestia desaparecería y mi vida sería dulce. Y estaría ordenada.
Y no habría mordeduras, arañazos, golpes, sangre ni daño alguno. Estaba segura entre tu pelaje.

Me di. Inicié la carrera contigo. Decidí que podía volver a dormir acompañada. Que no me importaba compartir de nuevo los espacios. Ni las palabras ni lo silencios. Las decisiones. Que otra vez podía proponer planes y tener sueños.

Empecé a ilusionarme. Empecé a pensar que una vida juntos era más vida. Y me calmé. Estábamos juntos y la carrera ya no me dolería tanto en las patas. Porque la ilusión es como una droga. Es como una anestesia contra el dolor y los contratiempos, las pequeñas piedrecitas que te vas clavando en el camino se quedan en nada. Las sacudes y punto.

Cada vez que la vida te pone un contratiempo, es cansado, duele, pero lo superas. Es la vida.
Pero darte a alguien. Confiar en que quieres hacer equipo con esa persona. Contigo. Confiarte mi bienestar y empezar a ver que nos poníamos la zancadilla a propósito porque estábamos acostumbrados a correr solos, y ocupábamos demasiado. Eso sí fue una sorpresa.

Una sorpresa que inicia la dolorosa transmutación.

Una vez hayamos acabado esta transmutación, será muy complicado volver a vernos como miembros de la misma manada. Lo sé.

Seremos bestias. Con sed de sangre. Las bestias vagan solas, entre gritos. Porque su existencia está ligada a la herida y al dolor.

Ya nos hemos traicionado. Y ahora vagamos solos. Cada día un poco más incomprensibles. Sin ganas de expresarnos. Con la mirada perdida y los ojos llenos de rabia.

Ya no tengo ganas de correr. Camino cansada y me escondo entre los matojos para ver si saltando encima de otras presas el odio de la traición se hace más pequeño. Pero no sucede.

martes, 20 de marzo de 2018

Chapter 21: Welcome to the meridian / Capítulo 21: Bienvenida al meridiano

Transitar.
Conocer.
Hablar demasiado.
Sentir poco.

Tiene sus consecuencias.

Cuando pretendes transformar el amor en otra cosa. Tiene sus consecuencias.

Y todos pretendemos transformar el amor en otras cosas.

Y nuestras pretensiones son tan grandes como nuestro Ego.

Por eso estamos Aquí y Ahora.

Y por eso casi no entendía nada, hasta que abrí los ojos. Respiré. Y me vi despierta en el mundo. Y contigo. Y conmigo.

Éramos lo más importante.

Pero hay una misión más grande. Que lo trasciende todo. Que hace brillar nuestro cuerpo. Una misión que solo entenderemos al cruzar esta línea, que parece un cristal infranqueable de ideas. Opiniones. Gritos. Sonrisas. Gemidos.

Hay formas que van cambiando y somos como la plastilina.

Te miro a los ojos, algún que otro día, y me conformo con no entender nada. Tengo la mente llena de vida, y me conformo con no entender la tuya en la mía. Y ese gesto de amor se queda en nada en cuanto me tocas y comprendo que eres la comodidad del hogar. El olor a bizcocho. El lugar donde volver cuando hace frío. La mantita de ositos de color azul que arrastrabas de pequeño allá donde fueses. El café. El café que te hacía tu madre los días de exámenes importantes. El bocadillo del almuerzo en papel de plata que llevabas al colegio. Ese bocadillo siempre estaba listo, siempre. Sin pedir ni nada.

Eres los ojos que pretendo encontrarme cuando estoy confusa o perdida. Confío en tu mirada sabia y tranquila de perro leal.

Pareces un perro pero eres el lobo. Y eso es algo que no puede evitarse. Cuando cruce la línea te veré del todo. Quedará lo que eres al descubierto, sin arquetipo posible. Sin juicio. Sin estudio. Sin palabras.

Serás tú. Y serás conmigo. Porque nunca hubo otra salida sino la que teníamos ante los ojos.

Saber mirar es el arte del sabio. Y si te quedas en silencio, si sigues a tus pies sin pensarlo, acabarás donde todo empezó.


Mía en el Meridiano
Mía sabe que la rutina es la magia de la vida. 

Así que se dispone a empezar. A pesar de que su cerebro arde como una lavadora a la que se la quedado el programa atascado y no puede parar. Centrifuga una y otra vez las ideas, las situaciones y las decisiones. Y al final todo se convierte en una amalgama de ropa mojada que no tiene tiempo de tender adecuadamente. 

Su madre la enseñó a poner la lavadora y a tender la ropa. 

María, su madre es bajita, 160 centímetros. Su mirada es dulce y sus manos pequeñitas y regordetas. Pero son manos de madre. Que agarran, que arropan, que acogen. Acarician. Su madre es una caricia que se extiende aquí y allá. Es La Madre. 

Mía la observa, pequeñitas las dos. No tiene otra cosa que hacer. Ha acabado de pintar y los niños en la calle juegan a cosas que se le hacen incomprensibles, aburridas, huecas. Prefiere estar allí, en la terraza con su madre con diez años. Aprendiendo a poner la lavadora y a tender la ropa. Dos actividades que le serán muy útiles en el futuro. Su madre le habla muy dulce. La música de su padre sube desde el piso de abajo. Las dos tienen esa música en la cabeza todo el tiempo. El ritmo del Padre. Y las palabras dulces de la Madre.

- ¿Quieres poner tú la ropa en la lavadora?- pregunta con calidez su madre. 
- No. - No quiere. ¿Debería querer?
- También es tu ropa. 
- ¿Por qué no suben papá o Carlos a hacer las lavadoras? ¿Por qué siempre subes tú?
- Porque papá trabaja todo el día y está cansado. Yo estoy todo el día en casa y no me importa hacerlo. Es como mi trabajo. 
- Pero a papá le pagan por su trabajo, y a ti no. ¿Por qué?
- Porque ser ama de casa no se paga. Se hace por amor. 

Mía, pensativa, no acaba de entender. Entiende algo, que, posiblemente, no quiera perfilar del todo en su mente de niña. De niña. Aún de niña. 

- Vale, mami. Pongo yo la ropa en la lavadora. Te ayudo. 

Y, dulce. Coge las prendas de ropa, hasta los calcetines - odia los calcetines sucios- y los mete con el cariño y la dedicación que su madre le enseña en la lavadora. 

Chapter 20: Las historias son como niños / The stories are like children (en proceso)



Sigues caminando, como si la historia estuviese aún en el nudo. Para los que no lo sepáis, las historias siempre suelen estar formadas de tres partes, y las tres son fundamentales:

1. INTRODUCCIÓN
2. NUDO
3. DESENLACE

Cualquier cambio o desorden en los componentes de una historia altera el producto final. Aunque no nos demos cuenta, no nos queramos dar cuenta o no lo parezca en un principio.

Tengo que hacer otra importante anotación sobre las historias antes de seguir hablando con Mía, el personaje femenino principal de esta historia.

Esa importante anotación es que las historias tienden a querer desordenarse, porque son como niños. No entienden porque una parte va detrás de otra parte y cada vez que intentas ordenarlas les da la risa y se rebelan. Te engañan, solo para estar desordenadas y que ningún lector llegue nunca a entenderlas. Si les preguntas, te dirán que es porque quieren que el lector se esfuerce, se haga preguntas y lea atentamente. A veces, las historias son muy egocéntricas y quieren que las leas varias veces, por lo que odian que las entiendas a la primera.

Esta historia engaña de continuo.

No quiere que sepas a dónde se dirige.

Pone trampitas.

Nosotros (los que escribimos) creemos en las historias. Es lo que tenemos todo el día en la mente y parece que es lo que nos da de comer. Imaginamos escenas y le cogimos cariño a personajes que deambulan por nuestra mente. Nos enamoramos de ellos. Los odiamos. A veces esos personajes se parecen tanto a nosotros que no los soportamos y dejamos las historias a medias solo porque nos asquea no saber hacer algo mejor que crear algo similar a nosotros.

Eso es lo que me ha pasado con Mía. Que le tengo cariño, pero es estúpida y siempre se equivoca en las mismas cosas.
Y así es como paso de acompañar los relatos de ilustraciones de Conrad Roset a algo más naïf, más ñoño, más romántico... ilustraciones del surcoreano Hyocheon Jeong.
Entonces, solo con el acompañamiento de esta imagen, la historia se reconvierte.
Ayer, al inicio de la escritura, era una historia desordenada. Y ahora es como un perrito que mueve la cola porque ha querido creer en un final feliz.

Chapter 19: amor por capítulos

Él y ella se quieren por capítulos, por etapas, por fases, por capas.
Su historia siempre ha sido así.
Como la de los dinosaurios. Como la de los animales. Como la de las plantas. Hay que nacer, crecer, reproducirse y extinguirse. Y nadie quiere desaparecer. Pero es la siguiente etapa.

Parecen la misma cosa pero nunca son la misma cosa.

Entre el parecer y el ser.

De esos verbos se alimentan las raíces de la historia.