viernes, 23 de enero de 2026

Chapter 1/Capítulo 1: Memoria fundacional

 Soñé con ser un animal.

Cuando era pequeña miraba a los ojos de los animales y me veía reflejada en ellos. Mi primer recuerdo es de cuando tenía apenas cuatro años. Vi a un gatito callejero y tuve la impresión de poder mantener una conversación con él sin usar ni una sola palabra. Por aquel entonces tenía un hermano de dos años con el que no debía hablar mucho.

Más tarde adoptamos un gatito en casa. Se llamaba Yaki. Lo adoptamos con solo quince días: era un pequeño bebé frágil y yo, que ya tenía siete años, me sentí intensamente atraída por acogerlo en mí. Protegerlo.
El gato fue creciendo, y también nuestra amistad. No era un hijo. Era un amigo. Y me entendía.

Jugábamos a coger la pelota corriendo. Me arañaba intentando cazar plumas atadas a un palo. Yo le quería.

Pronto mis padres se dieron cuenta y se deshicieron de él. Quizás porque pensaron que me volvería loca si seguía hablando con el gato. Nunca pensaron que manteníamos conversaciones: los gatos no hablan. Los gatos no hablan.
Y algunas personas tampoco hablan. Aunque utilicen palabras y palabras. No hablan nada.

Yo no hacía más que pensar eso. Y eso es lo que sigo pensando. Es mucho más fácil comunicarse con los animales que con las personas. Parecen, simplemente, entender qué quiero decir. Y las personas no.
Con las personas siento que tengo que trepar un muro, una vez y otra vez. Tengo que demostrar que soy ágil y fuerte. E inteligente. A todo el mundo. Personas desconocidas y queridas.

Mi gato persa, que murió hace poco, nunca me exigió escalar ningún muro. Me exigía otras cosas, pero escalar muros no.

No sé si me estoy explicando. Pienso mucho en ese momento en el que me hice amiga de mi primer gato. Recuerdo mi habitación. Recuerdo la silla roja, pequeña, de plástico, donde se subía el gato para mantener nuestras conversaciones. Yo le abrazaba y él ronroneaba.
Nos queríamos. Y era así de sencillo. Nos queríamos.

Con él sentí por primera vez en mi vida que le había fallado a alguien que estaba bajo mi protección. Pero yo también estaba bajo la protección de seres superiores a mí. Eso al gato le daba lo mismo. Y a mí también. El dolor sobrevino igual.

Mis padres lo enviaron a vivir a la casita que teníamos en el campo. Solo. Sin comida. Un gato que nunca había estado solo.
Dijeron que se lo merecía solo por el hecho de ser un gato y comportarse como un gato. No se había comportado como ellos pensaban que debía comportarse un animal que vive con personas en un piso.

Bufaba a los desconocidos, orinaba en el colchón de mis padres y arañaba sin miedo a quien quisiera tocarlo en las zonas en las que no le apetecía ser toqueteado. Hubiese sido mejor si no hubiese hecho nada. Si hubiese sido un peluche con un corazón que late.
Pero no. Estaba demasiado vivo.

Se empeñó en ser un ser vivo incontrolable y acabó como acaban todos los que no se adaptan a las normas: solo y abandonado.

Cuando mis padres le abandonaron me hicieron ir en el coche y despedirme. Me hicieron partícipe de algo con lo que no estaba de acuerdo: abandonar a un amigo por razones que no entendía.
Me pasé la semana llorando. Recordando cómo nos habíamos despedido. Notaba el calor de su pelaje en la palma de mis manos a cada rato y eso me emocionaba.

Le expliqué a mi madre que podía hablar con el gato. Que el gato no estaba bien allí, abandonado en nuestra casa del campo, aunque mi padre se empeñase en decir que ese era el mejor lugar para un gato que no sabe vivir con las personas.

Mi padre se empeñaba en darse la razón y yo me empeñaba en decirle que no la tenía. No parecía que tuviese siete años. Solo siete años. Solo era una persona luchando contra lo que creía una injusticia. 

Un fin de semana fuimos a la casita, a ver al gato. Lo encontramos malherido, cojeando, y yo insistí para tenerlo en casa hasta que se recuperase con la esperanza de que mis padres entrasen en razón y le dejaran quedarse de nuevo con nosotros. El gato se portó bien unos días pero al sentirse de nuevo en su hogar empezó a volver a sus antiguas costumbres, así que mis padres cuando vieron que se recuperaba un poco volvieron a decirme que lo tenían que devolver a la casita de campo, que allí él estaba mucho mejor. Yo no lo entendía porque era pequeña pero un animal es un animal y está mejor en el campo que en un piso de ciudad. 

Yo solo entendí que lo estaban volviendo a abandonar. Que habían accedido a acogerlo mientras estaba malherido y se comportaba dócilmente. Pero en cuanto volvió a ser un gato lo abandonaron. Sin más. Y encima me decían que estaba mejor en el campo, que así le gustaba estar a él, entre árboles y matorrales. Era mentira, yo lo sabía. Mi amigo no estaba hecho para vivir así. Pero mis padres se quedaban no solo tranquilos con esa idea sino que pretendían que yo les creyese y les apoyase, de algún modo. 

"Es pequeña, aún no lo entiendes". "Lo entenderás cuando seas mayor". Esas fueron todas sus explicaciones a un acto de una crueldad tan grande. 

Al final un día fuimos a la casa y el gato no respondió a nuestra llamada. Nunca más volvió. Y yo no pude despedirme de él ni decirle lo injusto que era todo. Odié a mis padres mucho tiempo por aquella injusticia. Lo que no sabía es que las injusticias no solo pueden ser hacia los animales sino que también se ejercen a las personas. Y que esa persona, más adelante, sería yo. 

La mentira puede presentarse como cuidado, de vez en cuando. 

La crueldad puede explicarse. 

Un ser querido puede desaparecer. 

Se acepta al vulnerable. 

Se tolera al dócil. 

Se expulsa al que vuelve a ser él mismo. 

Y al final, el abandono de ese gato en mi vida no se cerró, se propagó. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario