sábado, 24 de enero de 2026

Chapter 2/Capítulo 2: La brecha

Tengo ganas de hablar de muchas cosas.
Los objetos lo gritan cuando me despierto. Que hable, que hable de las cosas que sé de mí misma.

Tengo ganas de contarme porque siento que no estoy siendo fiel a mí misma.
Gran parte de mi tiempo lo he dedicado a sufrir e intentar hacer felices a personas que no querían que yo fuese feliz.

Y ser feliz es lo único que quiero ser.

(es urgente)

(Quiero contarme pero ya estoy agotada de explicarme)

Explotar.
Reír.
Disfrutar.

¿Por qué no llego a alcanzar ese estado por mucho tiempo?

Le miro a veces. De reojo y de frente.
Desde que somos padres han cambiado muchas cosas.
Tampoco entiendo muy bien por qué, aunque sepa que es un proceso natural.

Me vienen a la cabeza parejas felices con la paternidad.
Que acogen desde el principio al nuevo bebé sin estrés, rezuman amor por todos lados.
Y se quieren más por haber multiplicado ese amor, de algún modo.
Ese bebé es el resultado de todas las risas, de las miradas, las caricias, los bailes, las cenas, los paseos, los viajes.
¿Cómo no ser feliz?

Me ha costado mucho aceptar que nosotros hemos hecho un camino distinto en este viaje.
Es como si hubiese una brecha ahora.
A un lado de la brecha él, con todos sus miedos.
Al otro lado yo, con toda la esperanza.

(¿Será una desincronización vital? ¿Tiene eso arreglo?)

Y lucho.
Lucho por estrechar la brecha y solo hace que crecer.
Él no parece entenderlo.
Serán las hormonas.
Quizás mis hormonas me han dibujado un camino que él desconoce.
Y camina a tientas.
Y se refugia en las rutinas antiguas, que ya no sirven.
Porque ya no somos los que éramos.

Me cuesta admitir que me pone triste todo esto.
Y que a veces quiero huir.
Y convertirme en zorrita.
Y saltar.
Y no poder hablar.
Para que los demás se esfuercen en entenderme solo con la mirada.

Es mentira. Los demás no.
Para que él se esfuerce por entenderme solo con la mirada.
Porque estoy harta de las explicaciones y de argumentos científicos.

(¿Es para él el pensamiento racional un refugio? Perdón por pensar tanto.)

(El amor exige atención.)

Y si él supiese explicarlo todo lógicamente, todo estaría en su lugar.
Pero no sabe.
No sabe hacia dónde corre la energía de su cuerpo.
Pero yo sí sé hacia dónde corre la mía.

¿Qué pensaré antes de morir?
¿Pensaré que no he aprovechado suficiente este momento con mi hijo?
¿Pensaré lo bonita que fue esta etapa?
De las más felices de mi vida.
Lo pienso cada vez que hundo la nariz por la noche en la espalda del bebé.

Pero él no está allí.
No siento ninguno de sus abrazos.
Ni siento sus caricias.
Está lejos.
En un lugar en el que solo está él y su miedo, enfrentándose frente a frente como dos lobos.

Cuando se duerme camino por la casa.
Como para adueñarme del espacio de nuevo.
Ahora es un nuevo espacio y me gusta mirarlo sin presiones.
Respiro.
Y… soy feliz.
Pero él está durmiendo.
Y yo quiero que él despierte, me vea y deje de darme explicaciones.

¿Por qué, de repente, todos los hombres de mi vida están mejor lejos o ausentes?

viernes, 23 de enero de 2026

Chapter 1/Capítulo 1: Memoria fundacional

 Soñé con ser un animal.

Cuando era pequeña miraba a los ojos de los animales y me veía reflejada en ellos. Mi primer recuerdo es de cuando tenía apenas cuatro años. Vi a un gatito callejero y tuve la impresión de poder mantener una conversación con él sin usar ni una sola palabra. Por aquel entonces tenía un hermano de dos años con el que no debía hablar mucho.

Más tarde adoptamos un gatito en casa. Se llamaba Yaki. Lo adoptamos con solo quince días: era un pequeño bebé frágil y yo, que ya tenía siete años, me sentí intensamente atraída por acogerlo en mí. Protegerlo.
El gato fue creciendo, y también nuestra amistad. No era un hijo. Era un amigo. Y me entendía.

Jugábamos a coger la pelota corriendo. Me arañaba intentando cazar plumas atadas a un palo. Yo le quería.

Pronto mis padres se dieron cuenta y se deshicieron de él. Quizás porque pensaron que me volvería loca si seguía hablando con el gato. Nunca pensaron que manteníamos conversaciones: los gatos no hablan. Los gatos no hablan.
Y algunas personas tampoco hablan. Aunque utilicen palabras y palabras. No hablan nada.

Yo no hacía más que pensar eso. Y eso es lo que sigo pensando. Es mucho más fácil comunicarse con los animales que con las personas. Parecen, simplemente, entender qué quiero decir. Y las personas no.
Con las personas siento que tengo que trepar un muro, una vez y otra vez. Tengo que demostrar que soy ágil y fuerte. E inteligente. A todo el mundo. Personas desconocidas y queridas.

Mi gato persa, que murió hace poco, nunca me exigió escalar ningún muro. Me exigía otras cosas, pero escalar muros no.

No sé si me estoy explicando. Pienso mucho en ese momento en el que me hice amiga de mi primer gato. Recuerdo mi habitación. Recuerdo la silla roja, pequeña, de plástico, donde se subía el gato para mantener nuestras conversaciones. Yo le abrazaba y él ronroneaba.
Nos queríamos. Y era así de sencillo. Nos queríamos.

Con él sentí por primera vez en mi vida que le había fallado a alguien que estaba bajo mi protección. Pero yo también estaba bajo la protección de seres superiores a mí. Eso al gato le daba lo mismo. Y a mí también. El dolor sobrevino igual.

Mis padres lo enviaron a vivir a la casita que teníamos en el campo. Solo. Sin comida. Un gato que nunca había estado solo.
Dijeron que se lo merecía solo por el hecho de ser un gato y comportarse como un gato. No se había comportado como ellos pensaban que debía comportarse un animal que vive con personas en un piso.

Bufaba a los desconocidos, orinaba en el colchón de mis padres y arañaba sin miedo a quien quisiera tocarlo en las zonas en las que no le apetecía ser toqueteado. Hubiese sido mejor si no hubiese hecho nada. Si hubiese sido un peluche con un corazón que late.
Pero no. Estaba demasiado vivo.

Se empeñó en ser un ser vivo incontrolable y acabó como acaban todos los que no se adaptan a las normas: solo y abandonado.

Cuando mis padres le abandonaron me hicieron ir en el coche y despedirme. Me hicieron partícipe de algo con lo que no estaba de acuerdo: abandonar a un amigo por razones que no entendía.
Me pasé la semana llorando. Recordando cómo nos habíamos despedido. Notaba el calor de su pelaje en la palma de mis manos a cada rato y eso me emocionaba.

Le expliqué a mi madre que podía hablar con el gato. Que el gato no estaba bien allí, abandonado en nuestra casa del campo, aunque mi padre se empeñase en decir que ese era el mejor lugar para un gato que no sabe vivir con las personas.

Mi padre se empeñaba en darse la razón y yo me empeñaba en decirle que no la tenía. No parecía que tuviese siete años. Solo siete años. Solo era una persona luchando contra lo que creía una injusticia. 

Un fin de semana fuimos a la casita, a ver al gato. Lo encontramos malherido, cojeando, y yo insistí para tenerlo en casa hasta que se recuperase con la esperanza de que mis padres entrasen en razón y le dejaran quedarse de nuevo con nosotros. El gato se portó bien unos días pero al sentirse de nuevo en su hogar empezó a volver a sus antiguas costumbres, así que mis padres cuando vieron que se recuperaba un poco volvieron a decirme que lo tenían que devolver a la casita de campo, que allí él estaba mucho mejor. Yo no lo entendía porque era pequeña pero un animal es un animal y está mejor en el campo que en un piso de ciudad. 

Yo solo entendí que lo estaban volviendo a abandonar. Que habían accedido a acogerlo mientras estaba malherido y se comportaba dócilmente. Pero en cuanto volvió a ser un gato lo abandonaron. Sin más. Y encima me decían que estaba mejor en el campo, que así le gustaba estar a él, entre árboles y matorrales. Era mentira, yo lo sabía. Mi amigo no estaba hecho para vivir así. Pero mis padres se quedaban no solo tranquilos con esa idea sino que pretendían que yo les creyese y les apoyase, de algún modo. 

"Es pequeña, aún no lo entiendes". "Lo entenderás cuando seas mayor". Esas fueron todas sus explicaciones a un acto de una crueldad tan grande. 

Al final un día fuimos a la casa y el gato no respondió a nuestra llamada. Nunca más volvió. Y yo no pude despedirme de él ni decirle lo injusto que era todo. Odié a mis padres mucho tiempo por aquella injusticia. Lo que no sabía es que las injusticias no solo pueden ser hacia los animales sino que también se ejercen a las personas. Y que esa persona, más adelante, sería yo. 

La mentira puede presentarse como cuidado, de vez en cuando. 

La crueldad puede explicarse. 

Un ser querido puede desaparecer. 

Se acepta al vulnerable. 

Se tolera al dócil. 

Se expulsa al que vuelve a ser él mismo. 

Y al final, el abandono de ese gato en mi vida no se cerró, se propagó. 

jueves, 22 de enero de 2026

Capítulo 3: Punto de partida/Starting point

 


Parece que he vuelto  un extraño punto de partida. No me es del todo desconocido, pero ando a tientas y sin mapa. 

 El punto de partida está en nosotros. Pero está en las cosas. Antes que en nosotros. En las cosas que me cuentan lo que pasa antes de que me dé cuenta. Poco a poco, como las historias que repiten y repiten las abuelas. Es un cántico. 

Me he convertido en una cosa. Era una chica. Después una mujer. Luego una mujer embarazada. Fue muy bonito eso, ser una mujer embarazada. Yo nunca había sido algo así. Pero el espejo me decía que era yo a pesar de que la forma no era mi forma. Era yo, más uno. Ya no era yo, entonces. Y sabía que esa barriga era un corazón muy grande y un laberinto muy grande. Era un punto de partida. ¿Volvemos al laberinto? He estado allí. ¿Tenía intención de salir? No lo sé muy bien. Pero he estado con varias personas que sí salieron y varios animales. Algún animal se quedó conmigo. Pero no te distraigas. 

Estábamos en el punto en el que me había convertido en una cosa. ¿Cómo ha sucedido eso?¿De repente? No, claro que no. Poco a poco pero tú tenías los ojos cerrados muy fuerte. Estabas oliendo el aroma de bebé. Mecías en los brazós. Tus pechos estaban llenos de leche y una pequeña boquita se alimentaba de ti. No tenía tiempo de pensar qué era. Solo era algo importante para el bebé. Era algo imprescindible para el bebé. No puedo decir más que que es bonito. Y que parece que la vida se pone de acuerdo y te dice a cada momento que eres importante, y te acoge. Las personas no. Las personas tienden a no ser bonitas. La luz les ciega. Y en un momento todo se ponen a tu alrededor para intentar tapar la luz. Aunque te digan: qué guapa estás, una cierta envidia asoma tras sus orejitas de lobo. Quieren la magia. Quieren el bebé. Y te quieren a ti porque formas parte del bebé y el bebé forma parte de la vida. Supera eso. Nunca he sido más feliz y estado más asustada que cuando tuve al bebé entre mis brazos. Pero tampoco nunca fui tan grande. Y tan poderosa. 

Quizás ese poder me separó de ti. Tu susto me conmovió pero las cosas seguían estando donde siempre cuando llegamos a casa. Solo que nosotros éramos uno más. Tan solo había cambiado eso. Y tú parecías no saber donde estaba tu sitio porque ahora tu sitio ya no era el de siempre. 

El bebé lloraba. Y tú querías llorar también de lo indefenso que estabas. Quizás más que el bebé. Que sabía perfectamente lo que tenía que hacer. No como yo, que tenía la extraña sensanción de saber exactamente lo que tenía que hacer. Tú no. Empezaste a perderte. A no saber. A desorientarte. Empezó en casa y terminó en todos los lugares en los que estabas. Tierras movedizas. Todo se convirtió para ti en tierras movedizas. 

Creo que no he sabido muy bien dónde encajar mi felicidad en esas tierras tuyas. Están blandas y pegajosas. Me hundo cuando intento caminar sobre ellas. No me gustan. 

El niño ríe y me aleja de todo lo malo. Todas las cosas de casa están desordenadas, pero están en el sitio que les corresponde. El pequeño sí sabe cómo hacerlo. Sí sabe manejar la nueva vida que nace con él a cada paso. Le toco la manita. Aquí está. Aquí está. Y nos quedamos dormidos.